Mi ídolo

Tú no lo sabes, pero nuestro amor comenzó en el Estadio Azteca. Lo recuerdo perfecto: era de noche, 2 de octubre de 2005. Allí, la NFL hacía su primer juego de temporada fuera de Estados Unidos (49ers de San Francisco vs. Arizona Cardinals), pero antes del Kickoff yo miraba el cielo y sus estrellas -me gusta el firmamento del otoño- y en ese instante ¡supe que estabas conmigo! ¡Mi corazón latió tan fuerte! Sentí como si de abajo hacia arriba me fuera llenando de una felicidad y un asombro tan grande que no paré de sonreír. No me podía concentrar en el partido, solo pensando en ti.

Desde entonces cambió todo en mi vida. Al siguiente día fui a conocerte: eras más pequeñita que una lenteja y ya te amaba; hacíamos todo juntas: ir a correr, trabajar, viajar. Platicaba de todo contigo, aunque creyeran que estaba loca, porque me veían hablando pensando que estaba sola, pero te contaba todo a ti; en las noches, después de trabajar, prendía los audífonos y te ponía el Aria en la cuerda de Sol de Bach.

En mayo del 2006, estaba a pocas semanas de abrazarte; me sentía tan feliz y a la vez algo rara porque no volveríamos a estar tan unidas como esos meses…pero entonces un estudio detectó algo que parecía una hernia y resultó en otra cosa que jamás había escuchado: gastrosquisis aguda, aparato digestivo y algunos órganos más estaban fuera de la caja torácica, de hecho fuera del cuerpo. No sabía que existía eso. ¡Me aterré tanto! Pero Dios, en su grandeza, a unos días de recibirte, envió a las personas correctas para ti: el Doctor Rubén Sauer Ramírez y el Doctor Mario Franco Gutiérrez.

El día que naciste no te conocí. Te llevaron directo a cirugía. A la mañana siguiente entré al cuarto de terapia intensiva para bebés ¡había muchos! y sin haberte visto antes, de inmediato te encontré: ¡más hermosa de lo que hubiese imaginado!

Pero al pasar los días, no mejoraban las cosas. Fue muy duro que me dieran de alta y salir del hospital sin ti.

Diario podía ir a verte dos horas (a las 12:00 y a las 4:00), pero no podía cumplir mi sueño de cargarte: había muchas cosas en medio de un abrazo: catéter, sonda, cablecitos del monitor y tu reciente y delicada cirugía.

Aunque había que usar cofias, cubrebocas y batas quirúrgicas para entrar a visitarte en terapia intensiva, ¡yo me arreglaba como si fuera a una fiesta! me peinaba, me maquillaba me ponía mi mejor perfume porque iría a ver a la persona que más admiro en el mundo: ¡te vería a ti! ¡Vería a mi ídolo! Una pequeña guerrerita de menos de 50 centímetros que en cada hora estaba dando la más valiente batalla. Ante mis ojos tu diste la pelea del siglo. Te vi luchar con tanta fuerza contra cualquier pronóstico, que era imposible no acompañar tu dedicación. Nunca lloré frente a ti y nunca dudé de tu fuerza.

Te cantaba, te contaba cuentos, te platicaba cómo era el mundo tan hermoso allá afuera, esperándote con tantas personas que te aman.

Viviste dos operaciones más y seis transfusiones de sangre, ¡tu cuerpo era tan pequeñito y tu voluntad tan inmensa!

En uno de varios momentos, platiqué con Dios. “Señor: te agradezco infinitamente el tiempo que me has permitido pasar con la más grande bendición de mi vida. Dejo en tus manos lo que suceda pues tu voluntad es perfecta y sé que me darás la fuerza para vivir con lo que a bien tengas destinado para mi”. A la vez, todas las noches soñaba con abrazarte y cantarte, ¡me hacías muchísima falta!

Pocos días después, tu abuela Bertha llevó al padre a bautizarte y no puedo más que decir que: MILAGROSAMENTE, unos días después ya podías tomar leche y a la semana ¡te dieron de alta!

¡No podía creer que conocerías a tus abuelitos y nuestra familia, que sentirías el sol y el calor de sus rayos, que verías las flores y percibirías el aroma de la tierra mojada, ¡que dormirías a mi lado al fin!

Nunca hizo falta volver al hospital. ¡Eres tan sana y bendecida!

Desde entonces has sido mi mayor inspiración, mi fortaleza y mi eterna gratitud con Dios; aun no puedo creer que confiara tanto en mi como para poner en mis manos la vida de un alma tan maravillosa como la tuya.

Ver cómo te sentaste sola por primera vez, ver salir tu primer diente, dar tu primer paso, ¡escuchar tu voz por primera vez! Escucharla día a día, con tus ideas, descubrimientos, preocupaciones y cantos. Escuchar tu risa, que se volvió el sonido más hermosa de mi vida.

Recuerdo las noches que me esperabas, después de trabajar, para leer cuentos y cambiarles el final por una historia más bonita…o inventar nuestros propios cuentos que nos hacían reír hasta quedarnos dormidas.

Cómo aprendiste a leer, escribir, patinar, pintar. ¡Cómo hemos crecido juntas, bebé!

No recuerdo la fecha del último día que te cargué, ni el último cuento que contamos, la última vez que rodamos por el pasto o que anduvimos en bici y aunque cada momento sigue impreso en mi corazón; recuerdo siempre a detalle la lucha mas valiente que he atestiguado por salir al mundo a vivir: tu lucha.

Gracias, pequeña maestra, por tu eterna enseñanza. Gracias por el orgullo de ser tu mamá.

Publicado por Katy Lopez

Katy López radica en la Ciudad de México. Desde 2001 es reportera y su fuente principal es la información deportiva. Actualmente trabaja en El Heraldo de México.

2 comentarios sobre “Mi ídolo

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