Relatos 'off the record'

#HappyBoltDay

KATY LÓPEZ

@katilunga

En 2005, un chico espigado corría en la pista cuando algo interrumpió su paso: una lesión. Me dio tristeza. El más joven en la Final Mundial de Helsinki, Finlandia en los 200m y candidato al podio, veía alejarse al resto de los velocistas…pero no se detuvo y cruzó la meta más de seis segundos después del ganador.

Lo vi llegar desilusionado y harto de vivir la misma historia que el año anterior en los Olímpicos de Atenas 2004; una lesión tras otra, en momentos cúspide de su carrera. Algo cambió en él y en 2007 ganó su primera medalla mundial: plata en 200m y al año siguiente, tres oros olímpicos en Beijing 2008*. Un buen amigo que estuvo en el palco principal, me contó cómo a Jacques Rogge -entonces presidente del Comité Olímpico Internacional- le molestó que ese chico bailara en su victoria, cómo rompía la 4ª pared con tal autenticidad para usar esa cámara que lo grababa e interactuar con las 80 mil personas que lo veían en el estadio, más los millones que lo seguían en transmisiones.

“No se burla de nadie. Sólo es un niño….¡y es caribeño! Ese fue un acto de alegría y no de una malinterpretada soberbia”, le comentaron al dirigente.

En ese momento nació una nueva manera de ver a los deportistas: cada atleta adquirió una postura personal, ya no eran estoicas piezas en acciones biomecánicas, sino chicos divertidos, que bailaban, que se emocionaban y que sabían llorar, gritar, aplaudir y jugar. La emoción y la personalidad de los atletas está más cerca desde entonces.

Volví a encontrar a aquel chico que corrió rengueando en Helsinki 2005. Era Berlín, Alemania, era el año 2009 y él era un ser distinto al atleta molesto que se lesionaba. Ahora era el centro de atención y sabía capitalizar los reflectores: corrió la final de los 100m y rompió el récord mundial con 9.85 segundos…y si el cansancio no era suficiente, además, descalzo hizo un baile para festejar.

Hubo un sinnúmero de estudios biomecánicos de su carrera de 100m, de los cuales aún tengo uno que descifra distintas cantidades: de pasos, extensión de zancada, aceleración máxima, resistencia a la velocidad. Un esfuerzo humano descrito en números…pero yo me quedé con su logro mental: superar las barreras de las lesiones y romper dos récords del mundo.

Un día después fui a la pista de calentamiento para entrevistar a los atletas mexicanos que estaban por competir. Grababa un video y algún inoportuno puso su mano en mi toma «¡heeeey!», dije sin quitar la vista de la pantalla y algo molesta, pero cuando levanté la vista, vi que era él, que era una de las bromas de Usain Bolt y que un poco apenado y a la vez risueño regresó, me pidió mi teléfono y nos tomó esta foto:

Días después, ganó oro, también con nuevo récord mundial, en los 200m: 19.19s.

El 21 de agosto de 2009, en el Estadio Olímpico de Berlín, durante la ceremonia de entrega de medallas de 200m, pasó lo inimaginable: 75 mil personas cantaron ‘Happy Birthday!’ y todo era para él, que cumplía 23 años, para él que sólo en momentos como esos se convertía en un hombre profundamente conmovido, un hombre de sonrisas nerviosas, incluso parecía introvertido.

Ese mismo año visitó la Ciudad de México y dio una charla en el llamado ‘Congreso Mundial del Deporte’ (del que no han finiquitado el pago por su asistencia, por cierto), sólo unas horas y fue suficiente para enloquecer a la gente.

Pero en 2011 lo vi enloquecer a él, por la rabia de sus actos, en Daegu, Corea del Sur. Las lesiones fueron decepcionantes capítulos de su carrera, pero esa vez un error fue lo frustrante, lo que le impidió ganar: Usain hizo una salida en falso con la que él mismo provocó su descalificación en la Final de 100m; el Estadio se sumió en un profundo “¡¡¡¡Ooohhh!!!!” y ese grito, como una bomba atómica, destruyó la expectante espera por verlo dominar el hectómetro, con él en el epicentro, como si un hoyo negro absorbiera millones de decepciones.

Pero esa frustración, ese coraje y esa desesperación contra sí mismo, contra sus errores y el aprendizaje de ellos, le hizo tomar la responsabilidad de los siguientes retos y de entre lo doloroso y negativo encontró esa motivación que le hizo ganar dos oros mundiales: en los 200m y con el relevo 4x100m.

El aprendizaje, su felicidad, su certidumbre y su esfuerzo hicieron más radiante su brillo. En Londres 2012 sin lesiones, sin errores y sin miedos, rompió un record olímpico y ganó tres oros…otra vez. En Moscú 2013 recuperó lo que había perdido en los Mundiales anteriores y tenía sus tres coronas en 100m, 200m y el relevo 4x100m de regreso.

Su historia siguió como la que nadie nunca había escrito: de nuevo oros mundiales en 2015 en Beijing, China y ese mismo año regresó a la Ciudad de México para abrir una tienda oficial de la marca que le patrocina. Hasta jugó una cascarita de futbol, pero lo más curioso fue verlo sufrir al subir cuatro pisos en las escaleras del Centro Comercial Liverpool, cuyo elevador estaba bloqueado. Aquí les comparto esa historia. Fue la última vez que lo encontré en persona.

Después de volver a ganar tres oros olímpicos en Río de Janeiro, Brasil, en 2016, anunció que su retiro sería en los Campeonatos Mundiales de Atletismo de Londres, Inglaterra, en 2017, en una nostálgica aceptación del ocaso.

Así avanzó la temporada del adiós, hasta que llegó el agosto de 2017.

El 5 de agosto, día en que se conmemoraban cinco años de que ganó aquel glorioso oro con récord de evento en los Juegos Olímpicos de 2012, Usain regresó a ese mismo tartán en Londres, Inglaterra, a la final de 100m en los Campeonatos Mundiales de Atletismo. Bolt no rompió el récord mundial, tampoco ganó oro: se quedó la presea de bronce, agradecido y melancólico por tantos años de brillo, mientras el nuevo monarca, el estadounidense Justin Gatlin se postró a los pies de la leyenda, que vivía el ocaso de sus días sobre la pista.

Usain se fue de los Mundiales de Atletismo, tal como llegó: con una lesión en los últimos metros, en el relevo 4x100m.

Parecía triste verlo acabar así, pero tirado en el tartán, llegaron todos los relevistas de Jamaica: Nesta Carter, Michael Frater y Yohan Blake, no solo para apoyarlo, en especial para acompañarlo y agradecerle por años y años de esfuerzo, alegrías, asombro, orgullo y en especial, de mucha valentía.

Usain siempre supo que lo acosarían los fantasmas de las lesiones, de los errores y del miedo; pero después de las dificultades de 2004, 2005 y 2011, eligió enfrentar cada competencia con lo máximo que pudo, sin dejar ni el 1 por ciento de su esfuerzo a la deriva, sin dudar por el momento en que le acechara un desgarre o un calambre, sin cuestionarse, sin victimizarse, sin pretextos, ni culpables; totalmente entregado a cumplir lo que él deseaba. Muy por encima de los miedos, se entregó sin límites a su deseo: convertirse en leyenda.

Si me he de llevar un momento de ese chico revolucionario de las pistas, es aquella noche del 21 de agosto en Berlín, Alemania, con miles de voces cantándole y festejando su cumpleaños y aquí un video de ese recuerdo.


  • En 2017 le retiraron el oro del relevo 4x100m por doping del velocista Nesta Carter.
REPORTAJES

¿Por qué se llama ‘El Sope’ la pista atlética de la Ciudad de México?

 

A diario entrenan en ella casi 4 mil personas; su historia comienza hace más de 50 años, con una promesa por cumplir, un intento de asalto…¡y un machete!

Dejó caer el machete sobre la maleza una y otra vez, hasta trazar un camino llano. Padecía una obsesión por cumplir una promesa y -de forma involuntaria- con ese machete abrió la senda para las metas de casi 4 mil corredores, que todos los días asisten a la pista ‘El Sope’, en la 2ª Sección del Bosque de Chapultepec, de la Ciudad de México.

Hace 50 años, un terreno salvaje y escondido entre la hierba silvestre, fue ‘civilizado’ por Mario Pérez, quien transformó una zona hostil para convertirla hoy en una de las pista de arcilla más importantes de la capital del país.

Pero antes de abrir camino a machetazos, Mario era un hombre fumador y sedentario. La cuota de su adicción era una cajetilla de cigarros diaria, hasta que un día su hermano lo retó a iniciarse en el atletismo.

Lo acompañé a una carrera de campo traviesa; los ganadores le sacaron como dos kilómetros de ventaja…¡y que lo regaño! “¿¡Para eso me trajiste aquí!? ¡Para verte perder!”. Él, muy noble contestó: “¿Por qué no le entras tú?”. Muy orgulloso, le dije: “¡Sí. El otro año voy a correr y verás que estos no me ganan a mí!”», recordó Don Mario.

Allí supe lo que cuesta cumplir una promesa. Esa promesa fue mi entrada al atletismo. ¡En el primer mes de entrenamiento, hasta para sentarme me agarraba de las paredes! Sentía que me moría…¡y pararme era peor!…pero todo valió la pena».

Entre orgullosos dolores, el novato corredor cumplió la promesa: se llevó el primer sitio en su primera incursión en el Campeonato Nacional de Campo Traviesa, en 1965 y ese triunfo fue el primer paso hacia una prolongada vida en el atletismo.

Pérez Saldívar profesionalizó sus entrenamientos y una madrugada de 1966, salió a correr con su hermano entre solitarias y peligrosas veredas, sin saber que esa práctica sería el preludio de uno de los lugares de mayor concurrencia para entrenar en la Ciudad de México. “No existía la 2ª Sección del Bosque de Chapultepec. Había, cuevas, barrancas, animales salvajes ¡y hasta drogadictos! Una ocasión nos persiguieron para asaltarnos y al escaparnos, acabamos casi por la Calzada Virreyes, como no podíamos regresar, entrenamos allí. Había mucho matorral, pero le dije a mi hermano: “aquí está bueno pa’ correr” y al otro día me llevé el machete para cortar ramas”, confesó.

Esos machetazos y sus entrenamientos fueron los primeros pulsos en la vida de la pista ‘El Sope’. “Cuando cortábamos la maleza, jamás pensamos que pudiera ser el camino de tantos corredores, sólo queríamos un lugar seguro para hacer ejercicio”.

Entonces, Pérez Saldívar trabajaba en la Secretaría de Obras Públicas (SOP) y representaba a este organismo al competir en pruebas de ruta que podían ir de Xochimilco a Tláhuac, de Tláhuac a Milpa Alta o de Iztapalapa a Tláhuac. En esas competencias recibió su sobrenombre.

“Había varios clubes de atletismo: Venados, CDI, Vaqueros, UNAM, Poli y donde yo trabajaba: la SOP; todos me gritaban, en especial los de Prepa 5 “¡échale SOP!”, me decían, pero un día me ‘regalaron’ una ‘E’, y ya me decían ‘El Sope’; a ellos les debo el apodo”.

Sope.Periodico

De ser un fumador mórbido, Mario ‘El Sope’ Pérez, se convirtió en atleta de selección nacional. Ganó oro (5,000m), plata (10,000m) y bronce (1,500m) en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 1970; bronce (5,000m) en los Panamericanos de 1971 y compitió en los Olímpicos de Munich ’72 , basando su preparación en aquella pista, que a machetazos creó.

“Con tantas medallas, una ocasión fui a Los Pinos y vi al Presidente Gustavo Díaz Ordaz. Me preguntó dónde entrenaba, le expliqué y él dijo: “Esa vereda se va a llamar ‘El Sope’” y mandó poner una placa con mi apodo”.

Algunas mañanas, el creador de este circuito practica, anónimo, entre los corredores. “La satisfacción de ver la pista llena a casi todas horas, que la gente venga a correr es muy bonito, ver cómo aquí van haciendo sus cronos, planeando sus metas me da mucha alegría”.

El trazo original que le dio Mario Pérez ha cambiado mucho al de hoy en día, pero ahora la pista atlética ‘El Sope’ tiene dos circuitos: uno de mil 150 metros y otro de 820m; además cuenta con una recta de arcilla de 100m para entrenar tramos de velocidad, tiene señalizaciones cada 100m, aparatos de estiramiento, red de iluminación, red de riego y jardinería.

La pista ‘El Sope’ nació a razón de una promesa cumplida. Es un trazo hecho a machetazos, herencia para los corredores de la Ciudad de México y uno de los circuitos más completos para practicar carrera atlética, en la capital del país.

EL DATO

Legado para todos

La pista atlética ‘El Sope’ es una de las más importantes del D.F. En ella han entrenado desde destacados competidores de alto rendimiento, hasta personalidades como Presidentes o Jefes de Gobierno.

Mujer y Deporte, OPINIÓN

Zudikey Rodríguez: La reina de los obstáculos

¿Un deportista es admirado por la cantidad de medallas que ha obtenido? ¿Brilla más si gana más oros? Esta historia puede mostrar la falsedad de esas teorías. Lo adelanto: la de Zudikey Rodríguez, es una historia muy triste.

‘Zudi’ era velocista. De niña corría 100m y 200m en la Olimpiada Nacional. Era muy buena, pero como  juvenil, una sorpresa hermosa llegó a su vida: esperaba un bebé. Dejó el atletismo y en un día de marzo de 2006 nació Ethan. Unos años después, el entrenador Cosme Rodríguez, de la Universidad de Chihuahua, la invitó a regresar a las pistas.

En poco tiempo, Zudikey se convirtió en todóloga: mamá, estudiante de la Licenciatura en Nutrición y atleta de alto rendimiento. Cada hora transcurría con cronómetro en mano.

En diciembre de 2007, viajó para visitar a sus papás en Valle de Bravo. En la carretera, un auto chocó contra el suyo y lo sacó del camino. Ethan estaba bien.

En ese accidente, los vidrios de la ventana se incrustaron en la cara de Zudikey y allí permanecen. Me ha dicho que en ocasiones le duelen. Pero esa noche, las astillas cristalinas sobre sus ojos no le preocupaban, lo grave fue un fuerte golpe en su rodilla izquierda. Parecía que los sueños de la temporada olímpica por iniciar no serían para esta atleta.

Tres meses después de rehabilitaciones, en marzo de 2008, corrió 400 metros y clasificó para integrarse al relevo 4x400m que compitió en los Olímpicos de Beijing 2008. Con estudios, maternidad, terapias y esfuerzo.

En 2009 corrió en la Olimpiada Nacional, representaba a Chihuahua. “El deporte ha cambiado mi vida, no haces lo que una persona normal haría, me encanta lo que hago, lo disfruto al máximo, sé que es difícil ser mamá, deportista de alto rendimiento y estudiante, pero también es muy bonito, me siento llena, plena y realizada, mi vida se lleva a base de disciplina, tengo horario para todo y lo que hago es cumplir mi agenda al pie de la letra para organizarme”, eso me dijo después de ganar cuatro oros en esa Olimpiada.

Ese junio de 2009 fue de desolación y dolor. La Olimpiada fue en Hermosillo, Sonora, en el sitio y la fecha del suceso más horrible en la historia de la ciudad: el incendio de la Guardería ABC.

Ese 5 de junio, dos días después de entrevistar a Zudikey, supe que algo terrible pasó en su vida. No fue a ella. Fue peor. Fue a su hijo Ethan: Falleció en un accidente y no hace falta detallarlo. No fue en la guardería. Tampoco hace falta decir lo mucho que hasta hoy le duele esta pérdida; porque para todo hay nombre, menos para perder un hijo.

¿Por qué? No hay explicación. Zudikey ha sido siempre una estrella, un fulgor reluciente en medio de la adversa oscuridad y entonces veía en el firmamento como su luz dorada se apagaban. Así me parecía su dolor. Creí que allí había terminado todo su brillo en una pista.

La más grande lección la dio unos meses después, cuando en el Campeonato Nacional de Atletismo ganó -con récord de evento- los 400m vallas (con 56.10 segundos). El resultado de la suma entre valor y fuerza. En junio de 2010, Ethan cumplía un año de haber partido y Zudikey, en la tercera carrera de su vida en 400m con vallas, ganó oro en el Campeonato Iberoamericano de Atletismo de España, con 56.33 segundos. Esa estrella renacía y brillaba más fuerte.

Llegaron los Juegos Centroamericanos y del Caribe en Mayagüez 2010, Zudi ganó plata en 400m vallas y bronce con el relevo 4x400m. Es obvio valorar el brillo de sus preseas, pero en ninguno de los podios era legible a simple vista la magnitud de sus esfuerzos.

Pero meses después, el Comité Organizador de Mayagüez 2010 dio a conocer que Zudi y otros cuatro mexicanos dieron positivo en uso de sustancias prohibidas. Les retiraron las medallas a todos.

¿Por qué? ¿Por qué había pasado eso? Alguien que ha vivido lo que ella, no busca hacer trampa. No lo habría hecho con dolo. A consejo de su entrenador ingirió un suplemento alimenticio que contenía esa sustancia. Esta vez, la ignorancia le quitaba el brillo del esfuerzo, la arrastraba a las lágrimas y de nuevo a esa pregunta sin respuesta “¿¡por qué!?”.

Entonces sí parecía todo perdido. Zudi fue suspendida un año de las competencias. ¿Cómo reponerse de eso? Únicamente ella tiene las respuestas y lo hizo ver en sus actos. Zudi no se detuvo a reflexionar en preguntas vacías, ni aceptó el papel de víctima que esos episodios de la vida le ofrecían. Quería el personaje estelar, quería ser heroína y ganó el papel en cada día de determinación, entrenamiento y tenaz esfuerzo.

La sanción terminó justo antes de los Panamericanos de Guadalajara 2011. Fue parte del relevo 4x400m. Hacía cuatro años, con tres integrantes de ese equipo (incluida Zudi y Ana Guevara), México ganó plata en una noche lluviosa, sobre el azul tartán del Estadio Joao Havelange, en los Juegos de Río de Janeiro, Brasil. Fue la última presea internacional de Ana Gabriela. Esa tarde de 2011, allí estaban de nuevo varias de esas velocistas, en la justa continental. A la segunda relevista se le cayó la estafeta y por mayor esfuerzo, las chicas terminaron en quinto sitio.

Casi dos años después, en agosto de 2013, Zudikey regresó a la pista atlética; ese espacio impredecible que puede victimizarla o encumbrarla. El capítulo fue en el Campeonato Iberoamericano de Atletismo de Sao Paulo, Brasil, en los 400m vallas: Zudikey ganó oro con 56.63s. “Dude si algún día volvería a correr 56 en las vallas. Hoy no tengo la menor duda que pronto llegara el 55. Soñaba con este momento muchas noches. Ya se hizo realidad en Brasil. Al terminar la carrera apunté al cielo, el más contento es mi niño Ethan, él festeja más que yo este resultado. Lo Amo”, escribió en sus redes sociales.

En 2014 vivió su reencuentro con su cita más adversa: los Juegos Centroamericanos y del Caribe, ahora en Veracruz 2014. Si cuatro años atrás ganó y perdió dos preseas, en esa edición, se preparó para salir a escena y relucir en la adversidad. Zudikey ganó oro, el primer oro que una mujer mexicana ha ganado en los 400m vallas de la justa regional, y como cada vez que cruzó la meta, sonrió y apuntó al cielo, por Ethan, por la añoranza, por el dolor, por el amor y por su fuerza.

Zudi sigue hermosa como siempre ha sido, como son las estrellas y su brillo, con esa luz en los ojos y esa actitud incansable y optimista. Su ejemplo queda grabado en el tartán con una estela dorada, no por su victoria, sino por su valor y la grandeza de un alma llena de amor y gratitud.

REPORTAJES

Tomás Luna: el corredor silvestre

Tomás Luna es un caso extraño del atletismo, el caso más agreste, rudo y casi salvaje convertido en deporte de alto rendimiento. Para Tomás la vida siempre empezó muy tarde: entró a la primaria a los 9 años de edad y reprobó el primer grado en dos ocasiones. A los 26 descubrió sus cualidades como corredor de fondo y a los 39 años, ganó el 21km de la Ciudad de México 2015.

Tomás nació en la comunidad veracruzana ‘El Limón’, que, según el mismo dice, no alcanza ni a ser un pueblo, es más bien una aldea de menos de mil habitantes.

Entró a la primaria cuando un niño promedio estaría a la mitad de la educación básica y reprobó 1er grado porque los maestros se cansaban de las inundaciones y las dificultades para llegar a su comunidad. El propio Tomás se molestaba de correr, trotar o andar por hora y media para llegar a la escuela; entonces ‘emigró’ al siguiente pueblo, al que llegaba tras 40 minutos de recorrido a caballo. Terminó la primaria a los 18 años.

Los caballos son la pasión de su padre y gracias a ellos se descubrió corredor. En ‘El Limón’ se hacen carreras de apuestas entre equinos y cuando Tomás era pequeño, al término de las competencias hípicas, se retaba con niños del pueblo. No había pista atlética, mucho menos de tierra, tampoco tenis; corría descalzo en las suaves líneas que pisaban los caballos. Un testigo medía la distancia: hizo carreras de 80, 85 y hasta 90 pasos.

Su desempeño convirtió sus competencias en los eventos estelares y corría hasta antes que los propios animales y sí, también se apostaba. En una ocasión ganó una prueba de 6 mil pesos de los que le tocaron 500.

Llegó a cronometrar 25 segundos en 200 metros, sin entrenar, ni comprender la biomecánica, ni la frecuencia de carrera, ni la resistencia a la velocidad; así de rápido avanzaban sus silvestres zancadas.

Tomás inició la Telesecundaria y de ella tiene más grabado que nada el famoso baile folklórico veracruzano ‘Colás’. “Ese lo puedo bailar hasta sin música”, dice entre risas y sí, pues fue el único que le enseñaron para celebrar el 10 de mayo, el Natalicio de Benito Juárez, la Navidad, el 15 de septiembre…el Colás cabía para cualquier festejo.

Pero llegó el momento de viajar un poco más: Tomás salió de Veracruz hacia Puebla, para iniciar la preparatoria abierta. Se trasladaba 40 kilómetros en bicicleta para llegar a la escuela y permanecía sentado por siete horas, dos veces por semana, para estudiar. Tanto tiempo en una silla le arruinó los sueños de velocidad.

«Después de andar tanto en la bici, me sentaba mucho rato así, al aventón, sin estirar ni nada y por tanto estar sentado se me amoló la ciática, ya no podía yo correr”.

Su amor por el atletismo le ayudó a canalizar el mal como remedio: hacer tanta bicicleta le hizo adquirir resistencia y decidió practicar distancias largas. Sin proponérselo mucho, en 2010 y con 34 años de edad, Tomás se convirtió en Seleccionado Nacional y ganó medalla de plata en los 10,000m de los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Mayagüez, Puerto Rico; corrió el maratón de los Panamericanos de Guadalajara 2011 y también los 42.195km de los Olímpicos de Londres 2012.

¿Quién lo creería? Un chico que corría en pistas para caballos, que terminó la educación básica cuando un estudiante promedio está culminando una carrera, que tuvo una lesión que parecía irremediable, ha conquistado las calles de tantas ciudades en el mundo, soñando poco y haciendo mucho.

Este veracruzano no escatima en disfrutar, aprovechar y darlo todo por el placer de vivir lo que le gusta…aunque descubra tarde sus talentos, aunque lleguen tarde los elementos, aunque encuentre sus cualidades en inhóspitos y agrestes terrenos. Su talento silvestre floreció en el esfuerzo.

Relatos 'off the record'

El impredecible 7 agosto

A los reporteros ni una gitana podría leernos el futuro. Jamás sabes lo que encontrarás al abrir los ojos por la conquista de un nuevo día. Uno de esos días fue éste: 7 de agosto de 2012, cuando en menos de cuatro horas vi más de lo que podría imaginar.

Estar allí era un sueño cumplido por el que trabajé diez años sin descanso. Desde 2002 se inyectó en mi el espíritu olímpico y llegar a unos Juegos se volvió mi meta; un camino complejo en el que para los periodistas no existe propiamente un proceso de clasificación, sino de designación. Así que al pasar una década entre pistas, tatamis, dianas, arcos, gimnasios, libros, cifras, datos y detrás de la computadora, sentir el respiro del ambiente olímpico británico, pese a dejar al otro lado del mundo a mi bebé, era una especie de ‘medalla de oro’ para mi.

Pero específicamente, en esa fecha del 7 de agosto del 2012, el atletismo estaba en sus días iniciales en Londres 2012. Me instalé en el Estadio Olímpico, lista para ver al corredor David Rudisha en los 800m. Rudisha me caía bien. Su papá ganó plata en el relevo 4x400m de México ’68 y aunque no nos conocíamos ya me parecía que su historia se entrelazaba de alguna forma con mi país. Así que me senté en la grada para prensa junto a un desconocido y pronto descubrí que era un sabio: un austriaco de 81 años que gozó esa competencia a tal grado que me hizo llorar de emoción. Tan pronto el keniano cruzó la meta con el oro, este hombre europeo empezó a escribir aceleradamente para compartirme muchos datos que me hicieran valorar ese récord mundial que jamás olvido: 1:40.91 minutos. Así veía la vida aquel señor y pues sí, de alguna forma no sabríamos en qué momento dejaría de atestiguar, valorar y compartir cada instante. Esa fue su lección más grande, más allá de los textos que aún conservo; más allá de la diferencia en nuestros idiomas o culturas, para él la prioridad era compartir la luz de sus emociones y, de forma implícita, su sabiduría conmigo. Aún tengo sus líneas, como el recuerdo de un aprendizaje más grande incluso que el imperioso atletismo.

Pero, en mi deber laboral, salí aceleradamente de allí. Debía ir a cubrir las competencias en el Complejo Acuático. Me instalé en la tribuna de prensa, lista para ver las pruebas de clavados. No había tantos reporteros de México. La mayoría estaban en el ExCeL Complex, donde el sonorense Óscar Valdez peleaba los 4os de final contra Irlanda. De ganar, rompería una sequía de 12 años sin ver a un mexicano en un podio olímpico de boxeo. En su segunda incursión olímpica, el querido Valdez Fierro se despedía del pugilismo amateur con una derrota, mientras yo, seguía en los saltos ornamentales.

Todo parecía una historia conocida: Laura Sánchez en el trampolín 3m individual. Fue 6ª en Beijing 2008 y en el primer salto de Londres 2012 estaba 5ª; en la segunda ronda 6ª. Para mí ya era loable que estuviera en finales con una lesión severa en el hombro y en medio de diversas adversidades administrativas. Empecé a escribir la nota ‘Culmina Sánchez en 6º sitio’. ¡Oh error! Laura remontó. No me quiero poner técnica, pero Laura rozaba zona de medallas. Estaba en una dura lucha con la italiana Tania Cagnotto y al final la superó ¡por 20 centésimas! (362.40 puntos de Laura, por 362.20 de Tania) HISTÓRICO: Laura es hoy por hoy la primera y única mujer mexicana que gana una medalla olímpica en una prueba individual de clavados. ¿¡Qué más esperaban mis ojos!? Un récord mundial de atletismo, una medalla olímpica histórica para México…¡y faltaba mucho!

Entrevisté a Laura y salí de la sala de prensa del Complejo Acuático prácticamente jalada por Carlos Legaspi, quien me tomó por el codo y me apresuraba para regresar al Estadio Olímpico de Atletismo. Legaspi fue mi lazarillo en ese andar de casi 2.5 kilómetros y se lo agradezco, pues mientras avanzaba, escribía las letras finales de la nota sobre Laura.

Llegamos al Estadio y es literal que ya no cabía ni un testigo más; increíble porque había 80 mil asientos, pero solo cupimos de pie y en un rincón. Lamenté mucho no poder sentarme junto al sabio austriaco, pero menos de 15 minutos después, allí estaba un mundo silente y expectante: presenciando a ocho hombres hincados que esperaban el disparo de salida y a su sonido, respondió un estruendo único y electrizante. El mundo vio entonces al primer hombre en la historia que retenía un oro olímpico de 100m…con nuevo récord olímpico. Sí: Usain Bolt, con crono de 9.63 segundos, tiempo suficiente para que la multitud se rindiera ante el ‘rockstar del tartán’.

Lo que más recuerdo de aquella final es el dedo índice de la mano derecha de Usain. Aún le faltaban dos pasos para cruzar la meta y ya había puesto ese dedo sobre su boca, una señal universal de «silencio»; una especie de «¡a callar!», pues durante un año cargó la pesada loza de la «rumorología». En 2011, durante los Campeonatos Mundiales de Atletismo de Daegu, Corea, en la final de los 100m pasó lo impensable: Usain se descalificó por una salida en falso, por estar pendiente de los movimientos de su compatriota Yohan Blake (que al final ganó el oro mundial del hectómetro en Daegu 2011). Fue un error, un trauma, un fantasma que lo persiguió hasta Londres 2012, con un»¿y si pasa de nuevo?» «¿Y si Blake le gana?». Así que esa noche de verano británico, sus zancadas sacudieron esas y más dudas y el ademán tenía que reforzar su monarquía.

Pero ¿y mi historia? ¿Allí acabaría la aventura? ¡Pues no! ¡FALTABA LA CONFERENCIA DE PRENSA CON BOLT! Bajábamos apresurados cuando Legaspi me dijo: “Voltea discreta y mira quién viene detrás de nosotros».

Obviamente que no fui discreta, obviamente que miré hacia atrás y al verlo pensé «¡NO-PUEDE-SER!» A dos escalones de mí estaba caminando ¡SIR PAUL MCCARTNEY! Tal vez fue en ese instante cuando debió de darme un infarto ¡pero no! Sólo pude verlo, tratar de tomarle fotos y (estúpidamente) decirle “¡Hola!” (sí en español) y me contestó igual “¡Hola!”.

Pude infartarme allí de no ser porque el guardaespaldas que nos separaba empezó a empujarme y a gritar “¡Camina! ¡Camina!” y pues sí, se me fue el espasmo y desperté para TRATAR de andar, y de asimilar la serie de anormalidades que en tan pocas horas viví, para rematar con: la conferencia de prensa de Usain, siempre ocurrente, bromista, creativo y paciente.

A las 11:40 de la noche me di cuenta de que no había comido desde el desayuno, que hacía frío y que la noche sería bastante complicada (en especial considerando que, por una carambola de azares, en aquellos días me tocó dormir en el banquito de uno de los pianos verticales que están en la estación de trenes de St. Pancras), pero ¿qué más daba? Si lo que viví esa noche no salía ni planificando.

Un día singular, lleno de personas mágicas, que hicieron algo aquel día que me asombró, me conmovió, me alegró y me llenó el alma. Pasan los años y recuerdo con el mismo brillo cada instante de ese séptimo día de agosto, en un verano olímpico intenso, alocado e inédito.