REPORTAJES

¿Por qué se llama ‘El Sope’ la pista atlética de la Ciudad de México?

 

A diario entrenan en ella casi 4 mil personas; su historia comienza hace más de 50 años, con una promesa por cumplir, un intento de asalto…¡y un machete!

Dejó caer el machete sobre la maleza una y otra vez, hasta trazar un camino llano. Padecía una obsesión por cumplir una promesa y -de forma involuntaria- con ese machete abrió la senda para las metas de casi 4 mil corredores, que todos los días asisten a la pista ‘El Sope’, en la 2ª Sección del Bosque de Chapultepec, de la Ciudad de México.

Hace 50 años, un terreno salvaje y escondido entre la hierba silvestre, fue ‘civilizado’ por Mario Pérez, quien transformó una zona hostil para convertirla hoy en una de las pista de arcilla más importantes de la capital del país.

Pero antes de abrir camino a machetazos, Mario era un hombre fumador y sedentario. La cuota de su adicción era una cajetilla de cigarros diaria, hasta que un día su hermano lo retó a iniciarse en el atletismo.

Lo acompañé a una carrera de campo traviesa; los ganadores le sacaron como dos kilómetros de ventaja…¡y que lo regaño! “¿¡Para eso me trajiste aquí!? ¡Para verte perder!”. Él, muy noble contestó: “¿Por qué no le entras tú?”. Muy orgulloso, le dije: “¡Sí. El otro año voy a correr y verás que estos no me ganan a mí!”», recordó Don Mario.

Allí supe lo que cuesta cumplir una promesa. Esa promesa fue mi entrada al atletismo. ¡En el primer mes de entrenamiento, hasta para sentarme me agarraba de las paredes! Sentía que me moría…¡y pararme era peor!…pero todo valió la pena».

Entre orgullosos dolores, el novato corredor cumplió la promesa: se llevó el primer sitio en su primera incursión en el Campeonato Nacional de Campo Traviesa, en 1965 y ese triunfo fue el primer paso hacia una prolongada vida en el atletismo.

Pérez Saldívar profesionalizó sus entrenamientos y una madrugada de 1966, salió a correr con su hermano entre solitarias y peligrosas veredas, sin saber que esa práctica sería el preludio de uno de los lugares de mayor concurrencia para entrenar en la Ciudad de México. “No existía la 2ª Sección del Bosque de Chapultepec. Había, cuevas, barrancas, animales salvajes ¡y hasta drogadictos! Una ocasión nos persiguieron para asaltarnos y al escaparnos, acabamos casi por la Calzada Virreyes, como no podíamos regresar, entrenamos allí. Había mucho matorral, pero le dije a mi hermano: “aquí está bueno pa’ correr” y al otro día me llevé el machete para cortar ramas”, confesó.

Esos machetazos y sus entrenamientos fueron los primeros pulsos en la vida de la pista ‘El Sope’. “Cuando cortábamos la maleza, jamás pensamos que pudiera ser el camino de tantos corredores, sólo queríamos un lugar seguro para hacer ejercicio”.

Entonces, Pérez Saldívar trabajaba en la Secretaría de Obras Públicas (SOP) y representaba a este organismo al competir en pruebas de ruta que podían ir de Xochimilco a Tláhuac, de Tláhuac a Milpa Alta o de Iztapalapa a Tláhuac. En esas competencias recibió su sobrenombre.

“Había varios clubes de atletismo: Venados, CDI, Vaqueros, UNAM, Poli y donde yo trabajaba: la SOP; todos me gritaban, en especial los de Prepa 5 “¡échale SOP!”, me decían, pero un día me ‘regalaron’ una ‘E’, y ya me decían ‘El Sope’; a ellos les debo el apodo”.

Sope.Periodico

De ser un fumador mórbido, Mario ‘El Sope’ Pérez, se convirtió en atleta de selección nacional. Ganó oro (5,000m), plata (10,000m) y bronce (1,500m) en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 1970; bronce (5,000m) en los Panamericanos de 1971 y compitió en los Olímpicos de Munich ’72 , basando su preparación en aquella pista, que a machetazos creó.

“Con tantas medallas, una ocasión fui a Los Pinos y vi al Presidente Gustavo Díaz Ordaz. Me preguntó dónde entrenaba, le expliqué y él dijo: “Esa vereda se va a llamar ‘El Sope’” y mandó poner una placa con mi apodo”.

Algunas mañanas, el creador de este circuito practica, anónimo, entre los corredores. “La satisfacción de ver la pista llena a casi todas horas, que la gente venga a correr es muy bonito, ver cómo aquí van haciendo sus cronos, planeando sus metas me da mucha alegría”.

El trazo original que le dio Mario Pérez ha cambiado mucho al de hoy en día, pero ahora la pista atlética ‘El Sope’ tiene dos circuitos: uno de mil 150 metros y otro de 820m; además cuenta con una recta de arcilla de 100m para entrenar tramos de velocidad, tiene señalizaciones cada 100m, aparatos de estiramiento, red de iluminación, red de riego y jardinería.

La pista ‘El Sope’ nació a razón de una promesa cumplida. Es un trazo hecho a machetazos, herencia para los corredores de la Ciudad de México y uno de los circuitos más completos para practicar carrera atlética, en la capital del país.

EL DATO

Legado para todos

La pista atlética ‘El Sope’ es una de las más importantes del D.F. En ella han entrenado desde destacados competidores de alto rendimiento, hasta personalidades como Presidentes o Jefes de Gobierno.

Relatos 'off the record'

Querido Profe Hausleber…

Le debo esta carta hace años y sé bien que desde el terso infinito ya conoce las verdades de estas líneas, pero en honor a las memorias y por la insistencia de mi corazón, aquí le escribo.

Profe lo extraño mucho y en cada oportunidad platico alguno de nuestros secretos. No se enoje, es la mejor forma de tenerlo presente. En las mañanas, con el aroma del café, me acuerdo de nuestras charlas y aún me río de sus corajes, cuando escuchaba esas recepciones honorables “Demos la bienvenida al ‘Padre de la Marcha Mexicana’: el Profesor Jerzy Hausleber” y usted entre dientes murmuraba “¡Ah! Ya van a empezar estos a chingar con el 11º mandamiento: ¡No mamen!”.

ProfeyYoÉsta es de cuando inauguraron la pista del CNAR que lleva su nombre, y portó en el pecho la Orden del Águila Azteca.

Pero ¿Qué quería Profesor? Si con su autoritario y escandinavo carácter guió a nueve hombres hasta ganar medallas olímpicas y a muchas generaciones a brillar con más de 100 ascensos a podios por todo el mundo; no se le podía nombrar de otra forma. Ahora entiendo que sus ácidas respuestas, eran una humildad repulsiva a los homenajes. “Si yo soy el ‘Padre de la Marcha Mexicana’, díganme dónde está la madre, para que no me echen nomás a mí la culpa de todo el desmadre este”, también decía.

Antes de conocerlo, Profesor, yo le tenía miedo. Sólo sabía que usted era un viejillo inflexible, serio, de imponente actitud e intolerante a la idiotez (quizá eso último era lo que más me intimidaba); pero tenerlo en mi vida marcó una inflexión muy importante. No me tocó verlo en su apogeo como entrenador, pero conocí al ser humano: a un hombre encantador y valiente, a un caballero de corazón guerrero, cuyo latir se movía al vaivén de sístoles ácidas, como el limón, y diástoles, dulces como la miel. Valoro la fortuna de compartir sus pláticas, porque cada momento a su lado era tomar clase.

Me dolió mucho saber sobre la muerte de sus hermanos, durante las Guerras Mundiales, uno ejecutado por el Ejército Rojo y otro por el Italiano; hasta entonces entendí que Polonia quedó a su suerte en fuegos cruzados. Recuerdo su mirada vaga, buscando tal vez entre el dolor de la añoranza, algún recuerdo de ellos. También me dolieron sus piernas, fracturadas hace muchísimos años en una caída, mientras practicaba esquí nórdico. Me dolió que sus ojos atestiguaran esta fragmentada marcha atlética mexicana, como si fueran los restos huesudos de lo que usted había creado.

IMG_8358Sin cita previa, nos encontrábamos en uno u otro lugar, aquí en la Olimpiada Nacional de Tijuana.

 

¿Pero sabe? Una de mis partes favoritas de ir a la Olimpiada Nacional, era saber que estaría usted allí, sentadito bajo la sombra de una carpa. Usted podía ver todos los eventos y categorías, sin discriminar edades, ni disciplinas, sus ojos iban atentos a las pruebas de marcha, como las de martillo o salto, mientras me contaba alguna historia que me haría reír y yo sólo  le hacía preguntas bobas, o alguno de mis malos chistes, mientras brindábamos con traguitos de bebidas isotónicas.

Con usted aprendí además que ser digno no va asociado con riquezas. Tener una imagen digna no es vestir ropa cara, es conservarse limpio, con un atuendo arreglado, con cabello peinado y un aroma que evoque el agrado de nuestra presencia. Siempre lo vi de traje y corbata, y cuando llegaba, su loción English Leather se quedaba en la oficina y se mezclaba con el olor del café y una concha de chocolate.

¿Se acuerda lo agobiada que estaba antes de iniciar la locución en la Copa del Mundo de Marcha de Chihuahua? Era Mayo de 2010. Estudié mucho esos días y le dije que tenía miedo a equivocarme en público, de hecho no me paraba la boca en explicarle cómo me sentía; siempre me dejó hablar mucho, porque usted sabía que el silencio me pone nerviosa, pero cuando me quedé callada, dijo sólo cuatro palabras: “Lo hará muy bien” y con esa frase me lancé a esa nueva aventura.

Al terminar la primera jornada, se acercó y me dijo “Ahora sí puedo decir que en usted tengo una nieta más”. No sé si alguna vez le diría eso al Sargento Pedraza, a Canto o a Bautista, pero para mi esa frase suya vale más que todas las medallas olímpicas de la marcha mexicana.

Hace unos días leía un periódico de 1970. Decía: “México hace el 1-2 en marcha; Colín llora descalificado, Hausleber satisfecho”. Me reí mucho. Imaginé que su actitud campante no respondía ni al oro ni a la plata, sino a ver a alguien sufrir por sus errores. Quizá estoy loca y pienso así bajo los influjos de ese humor ácido que me contagiaba usted.

Y ya poniéndonos ácidos, ¿le digo algo? Usted se hizo el difícil con la muerte. ¿Se acuerda cuando le dieron los infartos? ¿O cuando lo picó la araña violinista -de las más venenosas que existen- y que los pronósticos estaban en contra? Tan pronto salió del hospital y fue a visitarnos, me enseñó su pierna y me dijo que estaba tan hinchada como la pata de un elefante y era cierto. Me reí mucho, porque el pantalón no le subía para que me enseñara el piquete; no lo pude evitar, pero ahora creo que a usted le gustaba escuchar mis carcajadas.

ProfeHausleberyYoNos la tomó Carlos Ochoa, entre alguna de muchas pláticas, tomando café.

Por eso, la última vez que estuvo en el hospital, me mentalicé a una cosa: si lo visitaba, sería para hacerlo reír tanto como usted a mí. Ese jueves, cuando llegué a su cama, estaba dormido y me puse triste; me pidieron esperar, pues despertaría pronto y así hizo. Usted estaba tan de mal humor, como un niño de 4 años que no quería tomar sus medicinas y a regañadientes las tragó todas. No me había visto, por eso me acerqué y hablé fuerte «¡PROFEEEESOOOR!», le dije. Me quedaré por siempre con el recuerdo de ese rostro suyo: sorprendido, emocionado, radiante, feliz. “¡Tenía una semana que no nos sonreía! Deberías venir más seguido”, me dijo Gregorio, su acompañante, mientras usted me tomó la mano con fuerza.

Me dijeron que ya no podía hablar y vi su inmenso esfuerzo por intentarlo. Sólo nos faltó el café. “¿Dónde ha estado? ¿Qué está haciendo?”, me preguntaba, mientras me veía con un brillo alegre en los ojos. Ya no recuerdo todo lo que nos dijimos, pero sí que usted se reía y apretaba con más fuerza mi mano.

Después llegó una enfermera a decir que el sábado lo darían de alta. Usted y yo comprendíamos de qué se trataba todo y no quise llorar. “¡Ya ve Profe, ya se va a dar lata en su casa! Siga igual, no se tome las medicinas, sea desobediente, refunfuñe mucho”, le aconsejé, usted asintió mientras reía. Supe que me haría caso. Al despedirme, me besó la mano, después la frente, nos abrazamos muy fuerte y sonreímos. Quiero agradecerle, Profe, por permitirme vivir el adiós más hermosa de mi vida.

Justo a la semana siguiente, usted se fue. Lloré mucho en la mañana, pero cuando fui a verlo, estuve tranquila, casi feliz, creo que en ese momento me di cuenta de lo afortunada que soy de haber compartido con usted tantos momentos tan bonitos.

En su funeral, yo no quería llorar, sólo quería platicar de todas las cosas divertidas y chistosas que pasamos juntos; tenía ganas de decir «miren: ¡la vida extraordinaria que tuvo y la fortuna que tuvimos de atestiguarla!»; tenía ganas de que otros me compartieran recuerdos sobre usted, desde el Profesor Tadeuz Kepka, el Profesor Andrzej Piotrowski, el propio Daniel Bautista, Carlos Mercenario, Ernesto Canto y un desfile de personas que lo quisimos y lo seguiremos queriendo mucho. Entonces me enteré que usted no nació en Polonia, sino en Lituania, cuando el mundo tenía otros países, otras delimitaciones, otros ritmos.

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No sé por qué no le di un pésame a su hijo menor, por el contrario, de mi boca salió una especie de felicitación. “Eres un gran hijo, Andrés”, le dije a él que lo cuidó por tantos años.

Profe, no se enoje, esta carta no es homenaje, es mi catarsis por no poder platicar más con usted. A mi y a mi café matutino nos hacen falta sus consejos, sus comentarios y su peculiar forma de animarme. Recuerdo un día que me sentía muy mal y le dije “Profe me duele mucho la cabeza” y usted me respondió “pues qué bueno que le duela, quiere decir que todavía tiene la cabeza con usted”. Para no perder la costumbre, sí, me reí mucho. Siempre que algo me duele, recuerdo eso que me dijo y pienso “¡Es cierto! ¡Sigo viva!”.

Le mando muchos besos y abrazos, allá en el rincón azul de una mejor dimensión, donde ya está con sus hermanos, donde no le duelen las piernas y donde seguro también hay arañas violinistas, pero ya no atacan a nadie. Lo quiero mucho, Profe.

Relatos 'off the record'

Un tritón lleno de magia

En el deporte adaptado, en un solo evento -como los 100 metros de atletismo- hay tantas finales como categorías. Filas y filas de niños, de diferentes edades y múltiples discapacidades, esperan salir a escena y competir.

En las pruebas de natación, un hombre moreno, serio y robusto llamaba la atención por su altura y su ceño fruncido. Empujaba una silla de ruedas en la que un niño con espina bífida veía las competencias. Pronto sería su turno. Padre e hijo transitaban asombrados: era su primer gran evento nacional.

El hombre le asistía: le llevó agua, puso una gorra roja sobre su cabeza y le animó, hasta que llegó el momento: 50m dorso, cat. 11-12. El hombre cargó al niño, lo dejó sentadito en la orilla de la alberca, imprimió un beso en su frente y con la mano derecha le trazó una bendición en el pecho.

Fueron 50 metros eternos como la preocupación de ese padre, que veía a su hijo agitar todo lo controlable de su cuerpo para nadar, mientras fuera de la alberca él se ahogaba en sudor y angustia.

“Yo no sé nadar. Nunca me he metido al agua. Él no camina, ni sé si va a caminar. ¿Cuándo iba yo a creer que lo iba a ver nadar? Si no camina. ¿Cuándo iba yo a pensar que haría algo que yo nunca he hecho”. Pensaba en voz alta el hombre nervioso. Explicándole a la nada. Llorando conmovido.

Platicamos un poco. Era albañil. No contaré el montón de dificultades que atravesó para llegar a Tamaulipas el día de la competencia; pues son –en diferentes escalas– los sacrificios naturales que todo padre, como primer y eterno patrocinador, hace por sus hijos.

El pequeño tritón, terminó en tercer sitio y su padre tendría una nueva tarea: ayudarle a subir al podio para recibir la medalla de bronce.

Allí iba el enorme señor, auxiliando a su hijo para salir del agua después de competir. No dijeron nada pero se abrazaron muy fuerte. Aquel hombre, de grandes, toscas y ásperas manos, cargó con delicadeza al pequeño y lo llevó con suavidad hasta su silla de ruedas. Mientras le empujaba, sin que su hijo viera, el hombre limpió las lágrimas, camufladas en sudor que acariciaban su rostro.

El pequeño y sonriente tritón se puso de nuevo la gorrita roja. Me contó el padre que se abstuvo de tomar su Coca-Cola diaria y con lo ahorrado la compró, por el orgullo de darle un regalo, un recuerdo, un amuleto qué usar ese día.

No importa su nombre, ni su oficio, pero aquel hombre pudo ser el albañil que coló la mezcla para construir un sofisticado edificio sobre Av. Paseo de la Reforma; o el que fue a comprar las tortillas y en el camino casi lo atropellan porque el conductor estaba más pendiente del mensaje en el whatsapp que en el camino; o quizás fue aquel voluntario que se ofreció para apuntalar un edificio en ruinas durante el derrumbe en un sismo.

REPORTAJES

El perdedor más grande de la historia.

¿Somos sólo cifras? A veces conducimos nuestra vida en torno a números: ¿Cuánto ganas? ¿Cuánto debes? ¿Qué edad tienes? ¿Cuánto te costó?…Si eres maratonista -o conoces a alguien tan loco que lo sea- de seguro lo primero por conocer serán dos números: el tiempo al cruzar la meta y la ubicación en la tabla general. ¿Será lo más importante? ¿Si no llegaste en primer sitio, no vale la pena contar lo que viviste?

En estas líneas va el mejor ejemplo: en ediciones pasadas, el Maratón de la Ciudad de México recorría casi la misma ruta en que se trazó uno de los capítulos más trascendentes de los recuerdos olímpicos, durante los Juegos de 1968 y en ese asfalto hizo camino del perdedor más grande de la historia.

A las 3:00 pm del 20 de octubre, en la Plaza de la Constitución, inició el maratón olímpico de México ’68. El etíope Abebe Bikila, Campeón Olímpico en Roma 1960 (donde ganó descalzo) y también ganador del oro en Tokio 1964, era favorito entre 75 corredores.

Fue una prueba casi suicida: los Olímpicos en la Ciudad de México dificultaron el rendimiento de los atletas en eventos de resistencia -debido a la altitud de casi 2 mil 300 metros sobre el nivel del mar, que implican una pérdida del 30 por ciento de oxígeno, en comparación con la playa-.

Por ello, esa tarde, los corredores iban a un paso reservado. En el 20km, el belga Gaston Roelants (oro de 3,000m con obstáculos en Tokio ’64) lideraba la prueba, con el británico Tim Johnston.

Después de los 20km, la ruta parecía un campo de guerra: corredores mareados, sin aliento, tirados en el suelo y asistidos con tanques de oxígeno para respirar. Al 17km, ante las miradas atónitas de los espectadores, el brillo de Bikila se apagó en el retiro, a causa de una fractura en un dedo del pie; al final, fueron 18 deserciones.

Pero Etiopía retuvo el cetro del evento. Tras 2 horas, 20 minutos y 26 segundos, Mamo Wolde ganó. Media hora después, Wolde, con el japonés Kenji Kimihara (2:23.20) y el neozelandés Michael Ryan (2:23.45) recibieron las medallas…pero ese no era el fin de la competencia y aún después de la ceremonia de premiación, los jueces anunciaron que un corredor seguía en la ruta.

Medallistas olímpicos del maratón de México '68.

Parecía imposible. La noche otoñal de aquel octubre ya había caído, cuando entre los jueces de ruta empezaron a compartir los capítulos que enarbolaban su maratónica desdicha: en el 19km cayó y se lastimó severamente rodilla y hombro derechos; después de ver a compañeros abandonar la prueba, avanzaba con profundo dolor, pero rechazó la asistencia médica y sólo pidió vendas para contener la luxación de su pierna, pues de recibir apoyo, sería descalificado; a ratos caminaba, otros trotaba, y hubo instantes en los que hasta lloraba…pero no se detenía. El pronóstico para ese fondista era sumarlo, en cualquier momento, a la estadística del retiro pero ¿quién era el insistente lesionado? John Stephen Akhwari.

Los pies lesionados de Akhwari, durante su competencia.

El tanzano Akhwari no era novato en la prueba y antes de este día, los números también le sonreían. Había ganado el Campeonato Africano de Maratón, fue 5º en el Maratón de los Juegos de la Mancomunidad y corrió la distancia por debajo de las 2:20 horas. Esto le auguraban un destino más exitoso en México.

Pero la ruta en la Ciudad de México fue tortuosa, en especial a partir de aquella caída. Pasó más de una hora desde que Wolde cortó el listón de la meta, como campeón del evento, hasta que Akhwari llegó al Estadio Olímpico Universitario, que estaba casi vacío. Akhwari apenas podía andar cuando entró por el túnel y los pocos testigos le acompañaron con aplausos que le empujaron a trotar, caminar y hasta saltar en una pierna. La ovación terminó tras ver al perdedor más grande de la historia llegar a la meta, con tiempo oficial de 3 horas, 25 minutos y 27 segundos.

“Usted viene muy mal, ¿Por qué no permitió que le asistieran las ambulancias?”, le preguntó un juez. Cansado y lesionado, Akhwari dio una respuesta más radiante que una medalla de oro:

“Mi país no me mandó a 5 mil millas de distancia para empezar una carrera, me mandaron aquí para terminarla”.

Ese día Akhwari dejó grabado su nombre en el asfalto de la Ciudad de México.

En 1983, Akhwari recibió una medalla de honor, como Héroe Nacional de Tanzania. Creó una fundación encargada de apoyar a atletas de su país, para llegar a los Juegos Olímpicos en mejores condiciones. En abril de 2008, fue portador de la flama que encendió el pebetero de los Juegos de Bejing y en la justa china fue además ‘Embajador de Buena Voluntad’.

En México ’68, Akhwari cayó, se lesionó, hizo un ‘mal tiempo’, fue el último en llegar…y es recordado por algo más grande que ganar; algo invaluable y no medible con números, porque hay instantes en la vida tan grandes, que no se calibran con nada.

Mujer y Deporte, Relatos 'off the record'

Olga Kaniskina y la Torre de Babel.

Hacía calor y, como sucede en toda Corea, un olor a ajo aderezaba las calles de Daegu. Era el 31 de agosto de 2011 y en ese entorno extraño, se abrió ante mis ojos la explicación de un relato bíblico. No tuve una epifanía, ni estaba fumando hierbas.

En esa mañana, durante los Campeonatos Mundiales de Atletismo, las mujeres salieron a las calles coreanas para contender los 20km de marcha. La rusa Olga Kaniskina y sus 26 años de edad, brillaban en el asfalto con tres oros trascendentes: dos mundiales (2009 y 2007) y uno olímpico (2008).

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La rusa, doble Campeona Mundial y Campeona Olímpica, Olga Kaniskina, en competencia, durante Daegu 2011. FOTO: IAAF.

Hermosa y delicada -como la más pequeña en un grupo de bellas matrioskas- Kaniskina se adueñó del liderato desde el inicio y cruzó la meta en primer sitio. Hazaña histórica, nunca antes vista: ¡tres oros mundiales al hilo!

Pero Olga no celebró, no fue a estirar, ni a dar entrevistas, ni a recibir masaje. Permaneció parada, a una orilla de la meta. Allí se abrió ante mí la puerta de un entendimiento más legible que la palabra.

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Kaniskina felicita a su coequipera Anisya Kidryapkin, tras darle a Rusia oro y bronce en 20km de marcha, en Daegu 2011. FOTO: IAAF.

No hablo ruso, ni Olga habla español. No dejé de ver qué pretendía. Un instante después, la feliz Kaniskina abrió sus brazos, sonriente, para felicitar a su coterránea Anisya Kidryapkin por ganar bronce. Creí que entonces se retiraría para tener una necesaria sesión de fisiatría, ¡pero no! Se quedó allí, recibió también a Vera Sokolova, (que fue 11ª) y esperó aún más, hasta la llegada de Tatiana Mineeva, quien fue descalificada. La reina de la macha atlética pasó casi media hora parada en el arco de meta, imperturbable.

Se me olvidaron todos los oros que Olga haya ganado y empezó a brillar su corazón.

Entonces recordé la Torre de Babel. Soberbio edificio de siete pisos y casi 100 metros de alto. Según los hebreos, el tirano Nimbrod mandó construirla, después de El Diluvio (cerca del 1,480 A.C.). La lectura rabínica Midrash, documenta que ésta fue una afrenta a Dios, por ‘relegar a un mundo inferior a los humanos y dejar el mundo superior para Él’. La meta de la Torre, era alcanzarle y enfrentarlo.

La arrogancia humana mereció ‘castigos’ de Dios: la diversidad del lenguaje y el nulo entendimiento. Pero el escarmiento es siempre ambivalente y la represalia abre la puerta a nuevas posibilidades. En este caso: encontrar la claridad de un entendimiento superior al habla; que rebasa odios, envidias y confrontaciones. Descubrir nuevos lenguajes era la oportunidad

Tuve un albor de razonamiento: Dios quizá ‘castigó’ a esa humanidad mesopotámica para desistir de esfuerzos vanos y confusos. Dios no está en el cielo, sino en la propia especie humana y mientras los idiomas nos distancian, en muchos otros lenguajes, el ser humano se conecta. El lenguaje conductual, por ejemplo.

Con Kaniskina confirmé que el amor es el idioma universal; que éste unifica al hombre con Dios y al hombre con el hombre.

Confirmé que en cualquier punto de la Tierra la empatía puede encontrar convergencias que diluyen el idioma, las costumbres, los dioses creados por el hombre, o hasta el pecaminoso pasado de ancestros que en un momento fueron víctimas y en otro verdugos. Podría pasar entre México y España; entre Estados Unidos e Irak …ojalá hasta entre Israel y Palestina.

Pero esa conducta hermosa me llevó a pensamientos dolorosos: ¿Por qué en algo ‘tan trivial’ como el deporte me quedó claro? ¿Por qué en algo tan vital como la coexistencia es difícil de entender? Unos ojos mexicanos encontraron admirable un accionar ruso. No hubo nación, ni lenguaje; sólo humanos admirados por el amor al prójimo.

Propongo dos opciones: encontrar ejemplos, o crearlos.

Mujer y Deporte, OPINIÓN

Zudikey Rodríguez: La reina de los obstáculos

¿Un deportista es admirado por la cantidad de medallas que ha obtenido? ¿Brilla más si gana más oros? Esta historia puede mostrar la falsedad de esas teorías. Lo adelanto: la de Zudikey Rodríguez, es una historia muy triste.

‘Zudi’ era velocista. De niña corría 100m y 200m en la Olimpiada Nacional. Era muy buena, pero como  juvenil, una sorpresa hermosa llegó a su vida: esperaba un bebé. Dejó el atletismo y en un día de marzo de 2006 nació Ethan. Unos años después, el entrenador Cosme Rodríguez, de la Universidad de Chihuahua, la invitó a regresar a las pistas.

En poco tiempo, Zudikey se convirtió en todóloga: mamá, estudiante de la Licenciatura en Nutrición y atleta de alto rendimiento. Cada hora transcurría con cronómetro en mano.

En diciembre de 2007, viajó para visitar a sus papás en Valle de Bravo. En la carretera, un auto chocó contra el suyo y lo sacó del camino. Ethan estaba bien.

En ese accidente, los vidrios de la ventana se incrustaron en la cara de Zudikey y allí permanecen. Me ha dicho que en ocasiones le duelen. Pero esa noche, las astillas cristalinas sobre sus ojos no le preocupaban, lo grave fue un fuerte golpe en su rodilla izquierda. Parecía que los sueños de la temporada olímpica por iniciar no serían para esta atleta.

Tres meses después de rehabilitaciones, en marzo de 2008, corrió 400 metros y clasificó para integrarse al relevo 4x400m que compitió en los Olímpicos de Beijing 2008. Con estudios, maternidad, terapias y esfuerzo.

En 2009 corrió en la Olimpiada Nacional, representaba a Chihuahua. “El deporte ha cambiado mi vida, no haces lo que una persona normal haría, me encanta lo que hago, lo disfruto al máximo, sé que es difícil ser mamá, deportista de alto rendimiento y estudiante, pero también es muy bonito, me siento llena, plena y realizada, mi vida se lleva a base de disciplina, tengo horario para todo y lo que hago es cumplir mi agenda al pie de la letra para organizarme”, eso me dijo después de ganar cuatro oros en esa Olimpiada.

Ese junio de 2009 fue de desolación y dolor. La Olimpiada fue en Hermosillo, Sonora, en el sitio y la fecha del suceso más horrible en la historia de la ciudad: el incendio de la Guardería ABC.

Ese 5 de junio, dos días después de entrevistar a Zudikey, supe que algo terrible pasó en su vida. No fue a ella. Fue peor. Fue a su hijo Ethan: Falleció en un accidente y no hace falta detallarlo. No fue en la guardería. Tampoco hace falta decir lo mucho que hasta hoy le duele esta pérdida; porque para todo hay nombre, menos para perder un hijo.

¿Por qué? No hay explicación. Zudikey ha sido siempre una estrella, un fulgor reluciente en medio de la adversa oscuridad y entonces veía en el firmamento como su luz dorada se apagaban. Así me parecía su dolor. Creí que allí había terminado todo su brillo en una pista.

La más grande lección la dio unos meses después, cuando en el Campeonato Nacional de Atletismo ganó -con récord de evento- los 400m vallas (con 56.10 segundos). El resultado de la suma entre valor y fuerza. En junio de 2010, Ethan cumplía un año de haber partido y Zudikey, en la tercera carrera de su vida en 400m con vallas, ganó oro en el Campeonato Iberoamericano de Atletismo de España, con 56.33 segundos. Esa estrella renacía y brillaba más fuerte.

Llegaron los Juegos Centroamericanos y del Caribe en Mayagüez 2010, Zudi ganó plata en 400m vallas y bronce con el relevo 4x400m. Es obvio valorar el brillo de sus preseas, pero en ninguno de los podios era legible a simple vista la magnitud de sus esfuerzos.

Pero meses después, el Comité Organizador de Mayagüez 2010 dio a conocer que Zudi y otros cuatro mexicanos dieron positivo en uso de sustancias prohibidas. Les retiraron las medallas a todos.

¿Por qué? ¿Por qué había pasado eso? Alguien que ha vivido lo que ella, no busca hacer trampa. No lo habría hecho con dolo. A consejo de su entrenador ingirió un suplemento alimenticio que contenía esa sustancia. Esta vez, la ignorancia le quitaba el brillo del esfuerzo, la arrastraba a las lágrimas y de nuevo a esa pregunta sin respuesta “¿¡por qué!?”.

Entonces sí parecía todo perdido. Zudi fue suspendida un año de las competencias. ¿Cómo reponerse de eso? Únicamente ella tiene las respuestas y lo hizo ver en sus actos. Zudi no se detuvo a reflexionar en preguntas vacías, ni aceptó el papel de víctima que esos episodios de la vida le ofrecían. Quería el personaje estelar, quería ser heroína y ganó el papel en cada día de determinación, entrenamiento y tenaz esfuerzo.

La sanción terminó justo antes de los Panamericanos de Guadalajara 2011. Fue parte del relevo 4x400m. Hacía cuatro años, con tres integrantes de ese equipo (incluida Zudi y Ana Guevara), México ganó plata en una noche lluviosa, sobre el azul tartán del Estadio Joao Havelange, en los Juegos de Río de Janeiro, Brasil. Fue la última presea internacional de Ana Gabriela. Esa tarde de 2011, allí estaban de nuevo varias de esas velocistas, en la justa continental. A la segunda relevista se le cayó la estafeta y por mayor esfuerzo, las chicas terminaron en quinto sitio.

Casi dos años después, en agosto de 2013, Zudikey regresó a la pista atlética; ese espacio impredecible que puede victimizarla o encumbrarla. El capítulo fue en el Campeonato Iberoamericano de Atletismo de Sao Paulo, Brasil, en los 400m vallas: Zudikey ganó oro con 56.63s. “Dude si algún día volvería a correr 56 en las vallas. Hoy no tengo la menor duda que pronto llegara el 55. Soñaba con este momento muchas noches. Ya se hizo realidad en Brasil. Al terminar la carrera apunté al cielo, el más contento es mi niño Ethan, él festeja más que yo este resultado. Lo Amo”, escribió en sus redes sociales.

En 2014 vivió su reencuentro con su cita más adversa: los Juegos Centroamericanos y del Caribe, ahora en Veracruz 2014. Si cuatro años atrás ganó y perdió dos preseas, en esa edición, se preparó para salir a escena y relucir en la adversidad. Zudikey ganó oro, el primer oro que una mujer mexicana ha ganado en los 400m vallas de la justa regional, y como cada vez que cruzó la meta, sonrió y apuntó al cielo, por Ethan, por la añoranza, por el dolor, por el amor y por su fuerza.

Zudi sigue hermosa como siempre ha sido, como son las estrellas y su brillo, con esa luz en los ojos y esa actitud incansable y optimista. Su ejemplo queda grabado en el tartán con una estela dorada, no por su victoria, sino por su valor y la grandeza de un alma llena de amor y gratitud.

Relatos 'off the record'

Alegrías de oro

Ahí estaba, parado en el muelle. Salió de su embarcación y esperaba estoico. A ratos, Alonso desprendía palabras hacia su coequipero, Jhosimar. Ya se sabían clasificados a la siguiente ronda de su competencia y no se entendía su parsimonia en ese espacio; era un extracto, una escena de ‘Esperando a Godot’ ; no parecían esperar nada. Entonces llegó el motivo del aguardo: Autoridades del deporte nacional y también de la Ciudad de México.

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Alonso Ramírez y Jhosimar Valenzuela (gorra), con autoridades, tras ganar su eliminatoria. FOTO: Comité Olímpico Mexicano.

El grupo de funcionarios visitó la rehabilitada Pista Olímpica de Remo y Canotaje ‘Virgilio Uribe’ y felicitó a la dupla que recién ganó su eliminatoria. Intercambiaron pocas palabras, pero todas –y como siempre– de información agradable: de esfuerzo por el país, de orgullo, de que hoy estamos mejor que antes. Ojalá hubiera tiempo de compartir un poco más, de conocer más realidades.

Hacía tiempo que yo no veía Alonso, hasta ese jueves. No pude saludarle, ni externarle mi duelo y mis oraciones por su tranquilidad, ante la dolorosa ausencia de su mamá.

Extraño platicar con él: de cómo va el remo, de cuál será la siguiente competencia, de cómo le fue en la anterior, de lesiones, de cronometrajes, de metas. Todo esto transcurría en la oficina, mientras ofrecía sutiles encantos para insípidos instantes: dulces tradicionales. Granolas, pepitorias, alegrías… de pronto estaba repleta de múltiples versiones de azúcar mexicana.

Así iba Alonso: ofreciendo felicidad en trocitos de amaranto pegados con miel.

Cuando lo veía entrar, pensaba ‘si eres mexicano, no puedes negarte a una alegría’. Es una adicción a la que vale la pena abrazarse. Su nombre invita a tener una; sus nutrientes a comerla y su hechura sólo puede evocar a su creador con sonrisa paciente al prepararlas. Así es Alonso, generalmente sonriente.

Tras la parsimoniosa espera de aquel jueves, el sábado, Alonso Ramírez ganó medalla de oro en el Festival Deportivo Panamericano de Remo (en el bote: dos pares de remos cortos, ligero, al lado de Jhosimar Valenzuela; cronometraron 6:37.26 mins.). Así, también clasificaron a esta embarcación a los Juegos Panamericanos de Toronto 2015.

Alegrías doradas regaló con esa victoria.

Todo ha valido la pena.

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FOTO: Cortesía FDP.
Relatos 'off the record'

El triunfo no sólo brilla en el podio

Si en una competencia ya están por llegar los tres primeros lugares ¿qué hacen los demás aun participando, si tienen casi garantizado que no obtendrán una medalla? Las palabras “éxito” y “triunfo” no siempre son sinónimos de “oro”; hay concepciones personales para definir el brillo de la victoria.

Esta es la historia del madrileño Jesus García Bragado, quien en Doha 2019 vivió su 13ª participación mundialista y, con 49 años de edad, terminó en un decoroso octavo sitio con 4 horas 11 minutos y 28 segundos. El hombre con el récord de participaciones en Juegos Olímpicos con siete (debutó en Barcelona 1992) y quien, hace diez años logró una hazaña asombrosa…hasta para él.

Era 2009, era Berlín, Alemania, era el Mundial de Atletismo y eran los 50 kilómetros de marcha atlética, cuando 47 andarines salieron de la Puerta de Brandemburgo, hacia el circuito de dos kilómetros, para conocer -casi cuatro horas después- a su nuevo Campeón Mundial.

La prueba empezó con más de 20 marchistas en el grupo puntero. Allí estaban: el italiano Campeón Olímpico Alex Schwazer; el ruso Campeón Mundial 2005 Sergey Kirdyapkin; o el australiano, doble medallista olímpico, Jared Tallen. Entre cambios de velocidad, algunos marchistas se apoderaban del liderato parcial, mientras otros, se rezagaban…entre ellos, el italiano Schwazer, que abandonó después del 20km.

Pero en competencia seguía Jesús Ángel García Bragado, que marchaba con sus, entonces, 39 años de edad a cuestas. ‘Chuso’ competía con el brillo de tres medallas mundiales, obtenidas en ‘viejas batallas’: oro en Stuttgart 1993, además de dos platas en Atenas 1997 y Edmonton 2001, pero en el Mundial anterior al de Berlín (Osaka 2007) fue descalificado y en esta nueva oportunidad, avanzaba entre los 15 primeros.

Habían pasado casi tres horas de competencia, los andarines ya acumulaban 40km, el clima era templado (22°C), pero la sofocante humedad del 73 por ciento en el ambiente jugaba con el rendimiento de los atletas. Los últimos marchistas ya eran alcanzados por los primeros sitios. Tallent era el líder de la prueba…mientras, con ritmo propio, Bragado estaba a lejanos 2 minutos con 30 segundos del australiano.

Pero ‘Chuso’ no iba pendiente de Tallent, sino de sus cronos. García Bragado logró la armonía entre hidratación, rendimiento y ritmo, para completar cada 5km a un paso constante, no superior a los 23 minutos (cuando habemos quienes ni siquiera corremos esa distancia en ese tiempo).

Los últimos 5km fueron de lo más ambiguo: el español rebasó a varios andarines quizá punteros, quizá rezagados ¿cómo saber? Lo importante era que logró el último de sus 10 objetivos parciales con su mejor tiempo: del 45k al 50km hizo 22.03 minutos. Pasó la meta solitario y detuvo su reloj. Curiosa sorpresa le prepararon el esfuerzo y el destino.

  • ¿¡En qué lugar he quedao’!? ¿¡En qué lugar he quedao’!? Nos preguntaba, antes de iniciar las entrevistas con los reporteros.
  • ¡Chuso! ¡Quedaste tercero! ¡Que has ganado el bronce!!

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Jesús Ángel tocó la meta en 3:41.37, tres segundos por debajo del tiempo con el que ganó oro, 16 años atrás; no buscaba la medalla, sino ese crono. No lo creía. Tocaría por cuarta vez un podio mundialista; ahora, acompañado por el ruso Kirdyapkin (3:38.35) y el noruego Trond Nymark (3:41.16).

En la competencia, Jesús iba más pendiente de sí mismo, de lograr cada pequeño objetivo, hasta completar la prueba, sin importar lo que hacían el resto de los marchistas. Con ese enfoque, pasó al líder momentáneo Tallent, en los últimos kilómetros, pero ese no era el reto, sino controlar sus parciales; sus máximos rivales fueron su cansancio y las amonestaciones, pues terminó con dos. Superó todo y la recompensa entonces sí conllevó el brillo de una presea. Nada mal para el hombre que además ha sido funcionario público en Cataluña.

Más asombroso resultó que años después le reajustaran el resultado: el ruso Kirdyapkin fue sancionado por dopaje; así, la plata quedó en las manos de García Bragado y el bronce pasó al polaco Grzegorz Sudol.

Los 50km de Berlín 2009 fueron profundamente significativos: explicaron por qué vale la pena seguir adelante en el camino de objetivos claros, sin detenerte. Para él y para todos los que compitieron hay una historia qué contar (incluso para el guatemalteco Luis Fernando García, quien fue el último en cruzar la Puerta de Brandemburgo, en el sitio 31. Su competencia fue un éxito ¿por qué? ¿¡Por qué si llegó más de 20 minutos después del primer lugar!? Hizo un tiempo de 4 horas 18 minutos y 13 segundos…y ese fue entonces el mejor registro de su temporada).

Por su puesto, entre las metas de un deportista de alto rendimiento está lograr un oro, pero el oro propiamente no es el objetivo principal, es la consecuencia de especializarse hasta alcanzar un dominio máximo del esfuerzo por encima del cansancio y el dolor; conforme incrementa la experiencia y la calidad de los resultados personales, las metas crecen; sin embargo, el día en que el brillo dorado de una medalla se convierte en obsesión, es cuando más lejana puede quedar la meta.

En 2020, García Bragado busca culminar una carrera histórica: vivir sus octavos y últimos Juegos Olímpico en Tokio 2020, entre retos, asombro y las sorpresas que resultan de la autoexigencia y el esfuerzo.

REPORTAJES

Rudy Ball: el judío que compitió por la Alemania Nazi

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Al año de 1936 podríamos llamar del ‘olimpismo nazi’: ambas ediciones de los Juegos se realizaron en Alemania, durante el régimen de Adolfo Hitler. Tras recibir la justa de verano, en Berlín, la ciudad de Garmish-Partenkirchen organizó la de invierno, entre un tenso ambiente, ante las hostiles políticas públicas del gobierno fascista.

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Pin conmemorativo de la justa invernal 

Como anfitrión del evento, Alemania llevó a ambos Juegos delegaciones con las que deseaba demostrar el supuesto poder ario; sin embargo, en el equipo de invierno compitió un judío: el jugador de hockey sobre hielo Rudy Victor Ball.

Antes de la Primera Guerra Mundial, Rudy era conocido como el mejor jugador alemán y fue capitán del equipo que ganó bronce en los Olímpicos de Lake Placid 1932, pero su ascendencia judía impidió que fuera llamado para la justa del 36.

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Su coequipero Gustave Jaenecke se rehusó a integrar la selección si su amigo Ball no lo hacía; el resto del equipo se sumó a la demanda. Gracias a esa solicitud, Ball pudo hacer una negociación importante: decidió competir, en tanto el gobierno nazi permitiera que su familia abandonara Alemania.

En los Juegos de 1936, Ball jugó cinco partidos y anotó dos goles; después se lesionó y el equipo alemán terminó en quinto sitio.

Rudy Ball falleció en 1975, en Sudáfrica, pero en 2004, el único judío-alemán que compitió en los Juegos Olímpicos, en nombre de la Alemania nazi de 1936 fue electo para entrar en el Salón de la Fama del Hockey sobre Hielo.

REPORTAJES

PHILIP BOIT: Un keniano en la nieve

KATY-LOPEZ.COM

Como muchos kenianos, Philip Boit soñaba con dedicarse al atletismo de fondo y emular los éxitos de sus compatriotas en el mundo, hasta que recibió una extraña propuesta de la marca Nike: ser el primero de su país que compitiera en unos Olímpicos de Invierno.

Boit encontró un sueño disfrazado de reto en esa oferta. En febrero de 1996, sin conocer la nieve y con el apoyo de la firma deportiva, se mudó a Finlandia para entrenar, hasta convertirse en un esquiador de fondo con nivel de alta competencia; después de todo, contaba con resistencia atlética y una herencia genética deportiva: su tío Mike Boit ganó bronce en 800 metros de los Olímpicos de Munich 72; sin embargo, los resultados de esta aventura sólo responderían a su esfuerzo.

No fue fácil para Philip. Las dificultades iniciaron desde las situaciones más simples, como el clima: en Kenia, la temperatura promedio es de 25 grados centígrados; mientras en el invierno de Finlandia se alcanzan los 19 bajo cero…y también ‘desde cero’ debió aprender la técnica para esquiar en distancias largas.

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Dos años después, Philip logró la meta: clasificó a los Olímpicos de Nagano 1998, en la prueba de 10 kilómetros.

Nunca estuvo entre los favoritos. Terminó en 47 minutos con 25.5 segundos, en la posición 92; es decir, en el último lugar y su tiempo fue 20 minutos superior al del ganador del evento, el noruego Bjørn Erlend Dæhlie, quien es hasta hoy el máximo medallista en la historia del deporte olímpico invernal, con ocho preseas de oro y cuatro de plata.

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Sin embargo, nadie vio a Boit como un perdedor; en su debut olímpico eran altas las probabilidades de que el keniano se sumara a la lista de cinco esquiadores que abandonaron la competencia.

Su presencia en la meta paralizó hasta al mismo Dæhlie, quien pidió se suspendiera la ceremonia en la que le entregarían el oro, hasta que pudiera recibir a Boit.

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El noruego felicitó al keniano por lograr su sueño. El momento era casi irreal ¿en verdad el más grande de la historia celebraba al último lugar de la competencia? La escena demuestra que en el olimpismo hay miles de valores más grandes que la victoria: la humildad, el respeto, la igualdad, la valentía, la perseverancia, el afecto.

Boit no brilló con una medalla, pero recibió el reconocimiento del competidor más destacado, en la historia del deporte olímpico invernal. Para el keniano, ese momento fue tan importante, que nombró a su primogénito con el apellido del noruego Dæhlie.

Después de esa competencia, Nike retiró el patrocinio para Boit, pero eso no lo detuvo. Philip clasificó a los Juegos de Salt Lake City 2002, en los que logró la mejor actuación de su carrera olímpica: el sitio 64 en la prueba de 10km; también compitió en los de Turín 2006 y buscó clasificarse tanto a Vancouver 2010 como a Sochi 2014, sin lograrlo.

Hoy vive en Kenia y en algunas ocasiones sale a las calles a entrenar, con esquís adaptados para el asfalto.