Mujer y Deporte, REPORTAJES

Ella Bucio: La doble de acción que es Campeona Mundial


Cierra los ojos, se concentra, inhala profundo y al despegar los párpados corre a máxima velocidad para saltar de una techumbre, hacer un giro y caer en el siguiente edificio. ¡Lo logra! Le aplauden y cortan la toma. Así pasó Ella Bucio los últimos cinco años de su vida: como doble de acción, hasta que decidió hacer una pausa laboral de tres meses para cultivar un sueño: dedicar cada hora de cada día a hacer parkour hasta que logró convertirse en la mejor del mundo.

A sus 25 años, Ella ahorró lo de un lustro de trabajo como stuntman, un oficio de riesgo que implica representar a un personaje ficticio en escenas de acción, para dedicarse enteramente a sí misma, a escribir con esfuerzo, disciplina y valor el guión de su propia historia a practicar cada día, mejorar cada elemento y costear sus primeras competencias internacionales.

Mientras trabajaba, pasé meses sin poder entrenar parkour, por lo que mi progreso en esos cinco años fue lento y frustrante. Yo sabía que un día podía ser la mejor, pero no tenía tiempo para entrenar lo suficiente

Ella Bucio. Campeona Mundial de Parkour Freestyle.

En 2022 salió a representar a México por vez primera: fue a las Copas del Mundo de Montpelliere, Francia y de Sofía, Bulgaria, con el corazón adolorido al ver el gran talento mexicano que no sale del país a causa de los pocos apoyos para brillar en otras tierras.

“En todo este proceso, el coraje ha sido mi principal motor, mientras lloraba camino al aeropuerto, me dije: “voy a ganar esta mie*””, aseguró antes de tomar el vuelo por la conquista de Europa.

Se lo dijo y se lo cumplió. Ella ganó oro en la modalidad de freestyle en Francia (con 21.500 puntos) y oro en Bulgaria (también con 21.500). A pesar de nunca antes haber entrado al circuito, hoy es además la líder del ranking mundial de la temporada, además en la prueba de velocidad se ubica en cuarta posición en la lista del orbe de esta campaña.

Pero el preludio en su historia de éxito comenzó muchos años atrás, cuando la gimnasia artística y ella se fundieron en horas y horas de continua práctica.

“Toda la vida hice deporte, incluyendo muchos años de gimnasia. Después conocí a algunos chicos que practicaban parkour y me dijeron que podría ser buena en este deporte. Como doble de acción entre más cosas sepas hacer, tienes mejor condición y tienes más habilidades, por eso acepté…luego me di cuenta que la gimnasia era algo más estructurado: vas y practicas elementos que muchos otros ya han hecho antes, pero el parkour siempre está retándote a crear tus propios elementos”, analizó Bucio.

Con esa perspectiva, sus ahorros, la experiencia de escuchar dos veces el Himno Nacional y su creatividad en competencia, Ella llegó a Tokio, Japón, a la primera edición del Campeonato Mundial de Parkour, donde comenzó en las clasificatorias con 26.000 unidades (13.000 en ejecución y 13.000 en dificultad). En la final, Ella fue la única representante de América y en ella añadió .500 a cada criterio, para totalizar 27.000 puntos, a 2.000 de la japonesa Hanaho Yamamoto (25.000) y 2.5 de la checa Adela Merkova (24.500) que se quedaron plata y bronce de forma respectiva.

“Tengo muchos sentimientos por ahora. ¡Las otras chicas son tan buenas! Para mi es difícil sentirme tan competitiva como ellas, porque todas son tan talentosas. Todas merecen ser reconocidas”, comentó la capitalina de 25 años de edad, quien consumó el sueño de lograr la primera conquista en el mundo del Parkur, un deporte que busca debutar en Juegos Olímpicos pero no lo hará en Paris 2024, pese a que fue justo en Francia donde nació esta exigente disciplina que combina los ejercicios de la gimnasia artística, con los retos que implican los implementos que se encuentren en la calle.


Con la ciencia del peligro

Ella tiene una gran pasión por el deporte y la ciencia y por ello, en el costado derecho de su torso lleva un tatuaje que así lo indica.

“Me hice un tatuaje de la molécula de la adrenalina porque en mi vida he tenido siempre dos pasiones: una que es el deporte, por el asunto de la adrenalina que me encanta, y otra es la ciencia que siempre me ha gustado muchísimo. Si no me hubiera dedicado al deporte, probablemente ahorita estaría trabajando en un laboratorio”.

Historias aleatorias, Mujer y Deporte

VOLUNTAD

Tenía la boca abierta, grande, muy grande. Me dolía una muelita y Nayeli estaba por inyectarme anestesia mientras platicaba conmigo. Si algo me encanta de los odontólogos es que platican con los pacientes, a sabiendas de que no podremos entablar propiamente una conversación, pero igual se involucran con nuestra historia y nos comparten la suya y a veces hasta el capítulo de alguien más, de alguien que crea caminos asombrosos.

“Deberías de entrevistar a mi amiga, ella va a ir a Juegos Olímpicos, me dijo Nayeli, amiga de una de mis mejores amigas: Laura. Le pregunté su nombre y me apenó confesarle que no la conocía (cosa rara porque, al seguir el ciclo olímpico desde Juegos Centrocaribeños uno conoce a todos los atletas y especialistas que acuden a Olímpicos). “Ah, es que ella no es deportista, ella es odontóloga también y va a ir como voluntaria”, me dijo.

¿Voluntaria, eh? Yo nunca había entrevistado a los voluntarios olímpicos y conocer la historia de alguno me pareció interesante.

Nayeli llegó a mi vida de forma incidental a introducirme con alguien que nunca imaginé cómo influiría en mí. Me dio el número de su amiga: Erika Grifaldo. Le llamé y acordamos entrevistarla en su consultorio para hacer un reportaje que saldría en TvAzteca.

Fue una tarde de la primavera de 2016. Erika estaba un poco nerviosa, así que empezamos con grabar algunos aspectos de ella “en acción” y después la entrevisté. Además de dentista, era corredora, hablaba un fluido portugués y con lo capacitada que estaba, la imaginé trabajando en la Policlínica de la Villa Olímpica (que opera 24 horas desde días antes y días después de la realización de los Juegos) quizás auxiliando a Simone Biles, Michael Phelps o Usain Bolt, en alguna dificultad dental.

Para su aventura a Río 2016 me contó que hubo un largo y detallado proceso de selección: aplicar para ser candidato, explicar sus aptitudes, garantizar que podría pagar su viaje y su hospedaje. Todo lo pudo ella, todo con el deseo de vivir esa experiencia de ayudar en medio de la atmósfera olímpica.

Pero no era la primera vez que dedicaba su tiempo a asistir a alguien más. En ocasiones, Erika se ha ido a las zonas serranas de Oaxaca para brindar servicios dentales a los niños que difícilmente tendrían acceso a ellos. La voluntad es una virtud innata en ella, radiante por sobre lo que algunos podrían considerar adversidades como: ser mamá adolescente y en medio del proceso estudiar una carrera tan compleja como la medicina, con subespecialidades como la anestesiología, la cirugía o traumatología, porque así de detallada es la odontología.

Publicamos la entrevista y desde entonces mis emociones olímpicas encontraron un nuevo y cautivante carril por dónde contar historias: la vida de una voluntaria.

Érika llegó a la ciudad carioca y casi a diario descubría algo nuevo: el Cristo Redentor, las banquetas de mosaico que trazan un oleaje en blanco y negro en Copa Cabana o el delicioso paõ de queijo, un bocadito terso muy común en Brasil; pero contrario a las expectativas que teníamos, el Comité Organizador mandó a Erika lejísimos de las playas, hasta Deodoro, para atender a los atletas del pentatlón moderno. Estábamos muy decepcionadas. Ella, con tantos recursos para ayudar de formas tan especiales, estaría haciendo labores más simples de las que imaginábamos; pero quizás esa fue la primera lección para ambas: la voluntad también implica la humildad de saber que, por pequeña o simple que parezca tu ayuda, mereces entregarte en excelencia, hacerlo bien porque tu apoyo es tan valioso e importante como tú mismo sepas apreciar el servicio que desinteresadamente ofreces a los demás.

La verdad Erika no le entendía muy bien al pentatlón moderno…o más bien nada, pero le puso su mejor rostro a la situación. Sonreía, apoyaba y, quizás sin conocer el deporte, empezó a entender a los deportistas, sus complejidades, sus necesidades y sus alegrías. Después de muchos días de ver caballos, espadas, googles, pistolas y spikes, empezó a comprenderlo todo y cuando así fue, en el último día de pruebas, la vida le concedió un momento inédito: ver al primer mexicano en la historia olímpica ganar una medalla en este deporte: Ismael Hernández, con el bronce.

Al ser una sede tan lejana, ni el público mexicano ni la prensa nacional estuvieron allí en ese momento; fue un logro nunca antes visto que pocos presenciaron, sufrieron, lloraron y celebraron en persona, entre ellos, Erika. Se puso feliz hasta tener la piel erizada y, muy a pesar de la distancia, me contagió su alegría.

Desde entonces, nunca perdimos contacto, primero porque se volvió mi odontóloga y luego porque no dejaba de hacer algo sorprendente. Al año siguiente, estábamos a las 5:30am sobre el camellón de Av. Aztecas para verla entrenar rumbo al MaratónCDMX 2017 y publicar un reportaje. Si algo le cuesta a Erika es entrenar de madrugada pero creó un motivo para hacer que valiera la pena salir en la penumbra a trazar esfuerzos en sus piernas: se dispuso a ‘vender’ sus 42 kilometros del maratón capitalino y recaudar fondos para una cirugía ocular que necesitaba una conocida; como ella sola no podría generar todo el recurso, se sumó Héctor Mendoza y los Happy Face Runners que delinearon toda una estrategia integral de ayuda con la que lograron la meta con creces.

Luego Erika volvió al voluntariado deportivo: en el Campeonato Mundial de Paranatación CDMX 2017, donde pasó algo muy triste: alguien robó los pines que con tanto esmero intercambió con voluntarios de todo el mundo, desde Río 2016; a pesar de ello, su espíritu solidario no se detuvo y apoyó en el evento con lo mejor de sí misma.

Después de hacer maratones, la montaña la llamó. Allá arriba comenzó los retos de correr en competencias de más de 50 kilómetros y hubo eventos que incluso ganó.

Pero después, Erika comenzó a sorprenderme de nueva cuenta con otra perspectiva de la voluntad, no solo para concederla a los demás, también para reforzarla hacia uno mismo. Ella, que en un punto de su vida padeció obesidad, que conquistó rutas maratónicas y después bosques y amaneceres, se decidió a construir la versión más fuerte y más difícil de su cuerpo al convertirse en fisicocultrista; algo mucho más profundo que levantar pesas todo el día, algo en nada relacionado con el uso de sustancias prohibidas (un prejuicio común para quienes desconocen este deporte), pero totalmente compatible con una disciplina que puede retarte hasta las lágrimas y tocar los límites de tu carácter hasta la desesperación, hasta exprimir tu voluntad al punto de desear el abandono.

Eso y más superó mi voluntaria favorita. No ganó el concurso de fisicoculturismo, pero no era un evento contra las demás, todo fue para sí misma: fue por conceder lo mejor de su ser aún en sus momentos más oscuros y descubrir que podría lograrlo fue la mejor medalla, un podio de ella que reluce en enseñanza para muchos que tenemos la suerte de seguir su historia.

Contrario a como era hace muchos años, ahora disfruto muchísimo ir a mi citas odontológicas, no solo porque Érika cuida mi sonrisa, muy en especial, porque la provoca.

Mujer y Deporte, Relatos 'off the record'

Luz olímpica

Si no existiera la noche, no descubriríamos el potente destello de las estrellas. Así es la adversidad, que en sus fases más oscuras nos ayuda a encontrar la luz. En una de esas etapas, yo diría que encontré mi ‘Luz Olímpica’.

En noviembre de 2018, Luz Mercedes Acosta recibió la medalla olímpica que por derecho le correspondía desde los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Aunque no subió al podio en la sede británica, el Comité Olímpico Internacional anunció años después que tras descubrir los dopajes de: la kazaja Maiya Meneza (oro), la rusa Svetlana Tsarukaeva (plata) y la turca Simsek Sibel (4ª), la mexicana Luz Mercedes era la verdadera ganadora del bronce

Justo en esos Olímpicos ella hizo por mi algo que merecía una medalla de diamantes y como no puedo entregársela, lo mejor que puedo hacer es compartir esta historia…

Estaba en Londres 2012, mis primeros Juegos que fueron un tanto ‘X-tream’: tenía más de dos meses sin recibir pago, no tenía dinero, y al llegar a Inglaterra no tenía donde vivir… pero, el 23 de julio, en mi primer día de trabajo, fui al ExCeL Complex y encontré en entrenamiento a Joselino Montes y Luz Mercedes Acosta, los dos, de levantamiento de pesas.

Mientras practicaban, pensé en lo que pasaron para clasificar a los Juegos: Lino era el primer hombre mexicano, en 28 años, que competiría en unos Olímpicos y Luz Mercedes ¡uff! Yo no conocí antes de ella a nadie que peleara su plaza olímpica hasta las últimas instancias administrativas, institucionales y hasta jurídicas, sólo ella. La Federación Mexicana de Levantamiento de Pesas no quería llevarla, pero de acuerdo a sus propios criterios de selección –escritos meses antes de los Juegos – a ella le correspondía la plaza. Luz Mercedes no desistió hasta vivir sus segundos Olímpicos (fue 8ª en Beijing 2008) y allí estaba, en sus últimas practicas en Inglaterra.

Terminaron de entrenar. Se acercaron para que los entrevistáramos y al final, Luz Mercedes me saludó contenta, yo también lo estaba…no sé, ahora creo que ella notó algo en mí. Me preguntó qué pasaba y brevemente le conté mi austera y enredada historia. Se afligió pero -como buena sonorense- no tardó en sonreírle a mi desgracia, que vi en su rostro como si fuera suya.

Más en invitación que en los formalismos del trabajo me dijo: “¿¡vas a venir a mi competencia!?”. (Aquí quiero hacer un paréntesis: cuando un atleta te hace esa pregunta, es una distinción muy especial, quiere decir que quiere compartir contigo esa experiencia, quiere que, al final del momento para el que se preparó por años -o quizá toda su vida-, puedas estar a su lado).

A eso había ido yo a Londres: a ver a los atletas de México competir. Así que, sin titubeos, respondí: «¡Claro que sí Luz!”. Así quedamos.

Seguí mis días de cobertura y como fui invitada, a las 10:00 am del 31 de julio de 2012, estaba en el ExCel Complex de nuevo, para ver la competencia femenil del Grupo A en -63kg. de halterofilia; es decir, a Luz Mercedes, que hizo 99 kilos de arranque, 125 de envión, para un total de 224kg: sexto sitio para la mexicana.

Fui a la zona mixta para entrevistarla. Terminó el protocolo laboral y Luz Mercedes me dijo: “¡Espérame aquí! ¡No te me vayas!” Y así hice. Pasaron menos de 10 minutos y Luz no regresaba, pero entonces llegó la Doctora Mónica, quien formó parte del equipo multidisciplinario de Luz Mercedes; la Doctora me dijo: «Luz ya no pudo venir contigo porque le pidieron hacer prueba anti dopaje, pero vengo de su parte. Abre tu mochila» y sacó una bolsa llena de alimentos: cereales, frutos secos, jugos, sándwiches, panqués, barras energéticas, agua… Era demasiado y yo, bueno, casi lloraba. “¡Doctora, por favor dígale que muchas gracias!”, dije y la abracé muy fuerte. Después le escribí a Luz Mercedes y ella contestó: “No me digas nada, no puedo hacer tanto como quisiera, pero si en esto puedo ayudarte…además tú harías lo mismo”, me dijo. No había duda de que sí.

Toda esa semana pensé: ¿Cómo podía ella pensar en mí, teniendo encima la presión administrativa por su participación en Londres 2012? En el evento para el que se preparó por cuatro años, Luz se acordó de mí y pensó en cómo aminorar mis dificultades.

Además, los pesistas no pueden comer casi nada el día de su competencia, pues en ocasiones el peso corporal puede ser el criterio de desempate.

Con todo y eso, con todo y tener que cargar kilos de comida en pleno ayuno, antes de salir de la Villa Olímpica, Luz sacó del comedor tantos alimentos como pudo para entregármelos y ¿qué hice yo? Bueno claro que le agradecí y consumí parte de esa bendición, pero si algo aprendí de mi jefe y editor en Récord, Gustavo Borges, fue que la mejor forma de agradecer las bendiciones no era regresarlas a quien las entrega, sino compartirlas con quienes las necesitan.

Así hice con lo que Luz me entregó. Le invité a compañeros que tal vez no estaban en una situación como la mía -por que la verdad: no cualquiera es un homeless en el Reino Unido-, pero que por los andares olímpicos no tenían tiempo de salir a comer. Disfruté ver como la ayuda de Luz Mercedes se multiplicó para muchos más.

Yo no sé qué le habrá demostrado al público, los jueces y sus rivales en el escenario de competencia, pero para mí, Luz se llevó una medalla de diamantes azules, en humanidad y empatía.

Siempre le agradeceré mucho a Luz su solidaridad, su atención y el brillo de su nombre en su actitud.

Prácticamente al 6º aniversario de esta historia, en noviembre de 2018, la vida le permitió cosechar algunas de las hermosas bendiciones que han florecido tras la siembra de su bondad y escribió su nombre en el muro de los medallistas olímpicos de México.

Mujer y Deporte, OPINIÓN

Ella, la misógina

¿Cuánto hiere la violencia contra las mujeres? Desde el acoso hasta los feminicidios, el dolor nos une para recriminar a quienes hieren, verdugos que invalidan. Son muy dolorosas esas versiones de abuso, pero antes estamos nosotras mismas, en una escala invisible de violencia de género sobre el propio género.

Esta observación es una toma de consciencia y admitirnos todas que existen estas conductas; ponerlo en la mesa es exponerlo para aprender nuevos modelos que corrijan todo aquello que no nos beneficia.

Es una desafortunada y normalizada forma de actuar entre muchas mujeres (no todas): el “pero” eterno ante algo bueno que descubren en otra mujer, lo que refleja la increíble capacidad de la mujer de ser misógina. ¡Sí!

Palabras como:

“Si es bonita, pero es muy tonta”.

“Tiene buen cuerpo, pero se viste muy mal”.

“Es buena en su trabajo, pero está amargada”.

«Seguro logró su aumento por otros ‘talentitos’ que nomás el jefe le conoce»

Son algunos hostiles y violentos ejemplos de las frases que una mujer puede decir de otra -sin que la implicada esté presente, por cierto- para crear la primera línea de violencia, la que emana de sus palabras.

¿Para qué sirven esos comentarios? Por difícil que sea de creer, ¡Sí sirven! Sirven para conocer la verdadera manera de ser de quien los expresa. Quien así habla, dice más de sí mismo, que los conceptos hacia quien juzga.

Otro ejemplo: si una mujer que padece misoginia tiene un puesto laboral de autoridad y a su cargo mujeres a quienes considera “mejores” que ella (más inteligentes, más eficientes o más bonitas), puede sentirse amenazada y afectar el trabajo de su propio equipo, por hacer quedar mal a esa que “la opaca”.

Aún hoy en día, que se habla abiertamente de sororidad y acompañamiento femenino, hay mujeres que ven a otra destacar y buscan argumentos para desacreditar sus esfuerzos y su desarrollo.

Hablo de desafortunados sucesos que yo misma viví en el pasado, de los que ahora soy consciente, por eso me he rodeado de mujeres admirables de las que quiero estar más cerca para aprender, crecer y compartir. Me alegra saber que cada día son más quienes se suman a esta forma de ser y hacer. Invitadas están todas las que deseen corregirse.

El Universo posee tanta belleza, que la derrama tanto en el brillo de todas sus estrellas, como en todas las flores de la Tierra; con más razón, en todas las mujeres hay hermosura, no hay nada que juzgar a la otra.

Ninguna es más ni menos. Lo que nos hace iguales es que todas somos peculiarmente únicas; en todas reposa algo extraordinario, en todas hay algo maravilloso por detonar, día a día. El éxito y la felicidad abundan para todas…y todos 🙂

Como en todos, habita también algún defecto y una vez que las mujeres nos quitamos la venda de la misoginia, somos capaces de hablar desde el corazón y la sororidad, con el amor de hacer crecer, de empoderar y no por propiciar que otra mujer se sienta víctima de nuestra lengua.

No dejamos que nos hieran, pero antes, dejemos de herirnos nosotras.

Mujer y Deporte, Relatos 'off the record'

¡GRACIAS, VANE!

AdiosVane1
Río 2007. Vanessa Zambotti se convierte en la primera mexicana con un oro Panamericano en judo.

Una férula sostenía su brazo recién dislocado, cuando me dijo: “Voy a clasificar a los Olímpicos de Atenas 2004”. Si ni la férula, el dolor, los tendones lesionados, los músculos desgarrados, no detuvieron esa idea, mucho menos lo harían mis palabras. Sólo la miré a los ojos y en ellos encontré una convicción férrea. Faltaban 11 meses para cumplir la meta y desde entonces su proceso acaparó mi atención: al cumplir el plazo, Vanessa Zambotti estaba en el tatami olímpico, en los Juegos griegos.

Desde entonces se ganó mi respeto. Vanessa no sólo fue a unos, sino a cuatro ediciones de Juegos Olímpicos: Atenas 2004, Beijing 2008, Londres 2012 y Río 2016. Durante los años que buscó sus clasificaciones olímpicas cosechó en el camino más de 20 medallas continentales, más de diez medallas centrocaribeñas, medallas en Copas del Mundo y medallas en Grand Slams. Brilló como nunca lo ha hecho ningún mexicano en judo. Brilló como nadie.

Pero ni un podio se compara al brillo de Vanessa. Al brillo de su SER. Vanessa rompió todos los esquemas que yo conocía del deportista de alto rendimiento. Con Vanessa conocí a una mujer decidida a llevar más allá de los límites su cuerpo; de llevarlo hasta donde su mente deseaba y a la vez, su mente fue guiada por el camino que trazó su espíritu. El lugar donde se sentía libre, su cielo en la tierra, fue el tatami.

Hubo capítulos que aunque parecieran un sueño, merecían ser reales y Vanessa supo que pasaría por muchas pesadillas para encumbrarse en ellos. Allí descubrí su valentía: al decidirse a enfrentar todos los círculos del infierno, por un minuto en el cielo y durante ese proceso, ser transparente: anunciar sus absolutos deseos; su alegría rebelde y desbocada en la victoria; su profunda tristeza en la derrota y en ella, su responsabilidad: siempre dio la cara aún en llanto, siempre asumió el compromiso de cada pérdida y siempre agradeció a quienes colaboraron en sus triunfos.

En ese proceso, conocí a una Vanessa con la fortaleza de mostrar toda su honesta vulnerabilidad. Abierta a llorar, a reír, a brincar de gusto en el tatami, pero también a honrar a sus rivales, a ser agradecida incluso ante las experiencias injustas. Verla combatir era como ir a la escuela, ir a aprender a SER.

Vanessa ya nos había sorprendido al cumplir su palabra. Cuatro años después de escuchar su primera convicción, me dijo “Yo voy por la de oro”. Tenía toda mi credibilidad y por eso no dudé en asistir a sus combates. Era 22 de julio de 2007 y estábamos en Río de Janeiro, Brasil. Vanessa le ganó a la canadiense, medallista continental, Olia Berger, después a la cubana, dos veces Campeona Panamericana y multimedallista en Copas del Mundo, Ibis Dueñas y en la final a la ecuatoriana Carmen Chalá. ¡Vanessa era la primera mujer mexicana, Campeona Panamericana de judo!

Cuando marcaron su victoria, Vanessa brincó de gusto, corrió por el tatami se llevó las manos a la cara y lloró, eufórica. Era inevitable sonreír. Su alegría era tan contagiosa, que recuerdo muchos rostros llorando…incluso los brasileños, porque la felicidad no tiene bandera y el festejo de una victoria tan emotiva no requiere hablar el mismo idioma.

Vanessa tomó vuelo y saltó hasta los brazos de su entrenador: el brasileño Amadeu Moura. El hombre estaba tan feliz de crear a la mejor judoca de América y consagrarla en su propia tierra, que no le importó recibir tan de repente a Vanessa. Era una locura y en esa locura, al verla a punto de subir al podio, recordé todo: nació ochomesina; de pequeña ganó medallas en impulso de bala y en ajedrez; para llegar a la Selección Nacional salió de su Parral, Chihuahua y llegó con sólo 20 pesos a la Ciudad de México y en 2003, cuatro años atrás y justo en unos Juegos Panamericanos, salió en ambulancia con el brazo dislocado, cuatro años después de salir llorando lesionada, lloraba de alegría como Campeona Continental. Sonreí y lloré en silencio.

Vanessa subió al podio y entonábamos el Himno Nacional. Mientras se izaba la Bandera Mexicana, me limpiaba las lágrimas y vi los pies descalzos de todas las competidoras, todas, excepto Vanessa, que subió al podio en pantuflas. No pude evitar las carcajadas. Así que yo sonreía, lloraba y me carcajeaba, todo a la vez; es parte de lo que te hace vivir Vanessa Zambotti.

Así es Vanessa, ¡eso provoca! Quien tenga la grandiosa dicha de conocerla, sabe que uno puede naufragar en su mar de emociones. Inesperada, intensa, original, elocuente, irreverente, honesta, alegre, reflexiva, ocurrente y siempre SIEMPRE REAL, SIEMPRE VANESSA.

Cuatro años después, con los Juegos Panamericanos de Guadalajara 2011, en casa, Vanessa se colgó el bronce, pero en la edición de Toronto 2015, llegó a la final, que iba empatada a un shido para cada rival, pero en los últimos segundos marcaron otra amonestación para ella y se quedó la medalla de plata, con esa plata, inició el adiós, el ocaso a su carrera deportiva, en el alto rendimiento.

Al iniciar su despedida del tatami, me dijo:

“El judo es algo que nunca voy a dejar; tal vez deje de competir, tal vez deje el alto rendimiento, pero nunca dejaré de ser judoka. El judo es una forma de vivir tu vida, sus preceptos te enseñan a llevar una vida honrada, una vida en la que te sientes útil y en la que disfrutas de cómo vives tu vida”

Querida Vane: el judo nunca dejaría ir a alguien como tú.

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ANA. «Mi héroe es una chava»

El olor de la tierra mojada, el pasto reverdecido, el cielo azul y la pista de atletismo reluciente, con una de las más grandes generaciones de velocistas mexicanos: Alejandro Cárdenas, Juan Pedro Toledo y ella: Ana Guevara. Era imposible no seguirla con la mirada en las prácticas. Su fuerza, su actitud, su autoridad, su autoexigencia, su seriedad al entrenar. Era imponente.

En las entrevistas siempre puntual y asertiva. Su capacidad de reacción no sólo estaba en la pista, también en su pensamiento y sus opiniones; a preguntas absurdas, contestaba con ágiles sarcasmos. Sonorense, dura, franca, directa, pero no extrovertida.

Ana era más bien seria ante la imagen pública, pero la pista la transformaba. En los inicios de la década de los 2000, México se detenía a verla correr. Eran 50 segundos de locura, de pieles enchinadas, de gritos y aplausos …¡hasta porras frente a un televisor! O un transporte público silente, atento a la narración en la radio de alguna de sus victorias.

Después de ganar, ella festejaba con la famosa ‘Anaseñal’, cuando flexionaba el brazo derecho y lucía su reforzado bícep, con una doble intención que quizá sólo en México comprendíamos: un recordatorio para los incrédulos, incapaces de ver en esa delgada mujer una posibilidad de grandeza, hasta que se convirtió en Campeona Mundial en 2003, con una de las 10 mejores marcas en la historia de los 400m: 48.89 segundos.

En 2003 se convirtió en la 1ª mujer mexicana con un oro mundial en atletismo.

¿Quién no recuerda su última carrera? En el relevo 4x400m en los Juegos Panamericanos de Río de Janeiro 2007, cuando México estaba en 5º sitio a la tercera posta y ella se encargó de cerrar la carrera y llevó al cuarteto a ganar plata —-> https://www.youtube.com/watch?v=gzNxPpaQHWE

La carrera victoriosa de Ana se convirtió en una tendencia. La firma trasnacional Nike no sólo la patrocinaba, además creó una campaña en torno a su brillo: “MI HÉROE ES UNA CHAVA” se volvió el lema para miles de niñas que salieron a buscar sueños en distintos deportes, a que su actitud tuviera más temple y sus retos fueran más grandes.

A pesar de las emociones que causaba, en esa época sólo una vez la vi llorar: en el podio de sus últimos Olímpico, en Atenas 2004, con su corona de olivos y su medalla de plata. Sólo esa vez. Conmovida.

La segunda vez, su llanto fue distinto, vulnerable. Con el rostro hinchado, con el ojo derecho morado y una furia impotente, a causa del abuso y la violencia. Doloroso. Indignante. Inimaginable.

Ana habló en el Senado sobre la agresión que sufrió.

Ana, hoy legisladora, no contrata chofer ni guardaespaldas. El domingo pasado, viajaba en su motocicleta de regreso a la Ciudad de México, cuando, tras un altercado con un automovilista, fue golpeada y pateada en costillas y cara, por cuatro hombres. Se trasladó a un punto de la Policía y la llevaron al hospital, donde la operaron por una triple fractura en la cara. Así, Ana entró a la estadística de mujeres que han sido afectadas por la violencia en México.

Tan pronto la dieron de alta, Ana acudió al Senado de la República para hacer pública su situación. Su voz trataba de narrar, pero en un punto, las palabras se entrecortaban en el llanto, que no fue temeroso ni victimizado, sino decepcionado e impotente.

“Es un hecho cobarde…(se quiebra)…he sido siempre la más ciudadana…(y rompe en llanto de nuevo) (…) No es justo que siga habiendo tanta injusticia, que se siga dando de manera tan arbitraria y tan cobarde”.

Ver a una mujer llorar a causa de la violencia duele como los mismos golpes. Ver a la mujer que erizó la piel de México con su esfuerzo y sus victorias, envuelta en lágrimas y sin poder hablar entre furia, tristeza y decepción, deja a cualquiera vulnerable, endeble.

Pero Ana no se asume como víctima. Se vale llorar, pero no se vale quedarse sólo en las lágrimas, sin que el dolor de la situación estimule a la acción.

Ana levantó muchas veces la Bandera de México y ahora toma un nuevo estandarte: el de eliminar la violencia contra las mujeres. La Senadora, ex velocista, medallista olímpica y medallista mundial, decidió tomar una foto diaria de su rostro y subirla a sus redes sociales, hasta que se desinflamen sus golpes, esto puede tomar meses y ese tiempo y cada foto serán una protesta por cada mujer que es golpeada en México.

Su mensaje es claro: pueden lastimarte, pero está en ti asumir el papel de ser víctima de tus golpeadores, o ser tu propia heroína. Para todas ellas, el lema cobra vida de nuevo: “¡Mi héroe es una chava!”.

Entre lo ya indignante y doloroso, surge además lo inaudito: las críticas, burlas y misoginias contra ella. Las opiniones son diversas y su viralización las deja al alcance de la propia Ana. Las redes sociales curten el ánimo hasta degradar o fortalecer y lo curioso es que en la oscura adversidad, la grandeza de Ana se hace más fuerte…y sí seguro flexiona el brazo para recordar su fortaleza y recordarles a los absurdos que tienen (o tuvieron) una madre y es mujer. 

 

Mujer y Deporte, REPORTAJES

La grandeza de Sárosi

Ganar una medalla es hermoso, pero si no eres grande sin ella, no lo serás con ella

KATYA LÓPEZ

Dos meses antes de los Juegos Olímpicos de Río 2016 se desdibujó el destello de una gran atleta. No rompió un récord, no subió al podio, ni estuvo en la final. El brillo emanó de una húngara con muy pocas probabilidades de ganar una medalla, pero quien se llevó el aplauso y la admiración de la comunidad mundial del bádminton.

Francia recibió el Campeonato Europeo del ‘deporte del gallito’, que fue selectivo a Río 2016. Los mejores jugadores del continente se presentaron en la competencia; entre ellos, claro, la española, Campeona Mundial, Carolina Marín, quien revalidó su título.

Sin tantos reflectores, también llegó la húngara Laura Sárosi, con la clara meta de obtener la plaza a Río 2016, y de lograrlo, buscaba romper con una sequía de 20 años sin ver a su país en el torneo olímpico de bádminton.

Pero antes de abundar en su historia, sólo dos datos muy son importantes:

  1. Este deporte asiático -que debutó en los Olímpicos de Barcelona ’92- se juega en una cancha de 13.40m de largo por 5.18m de ancho, para pruebas individuales, y 6.10m de ancho para los encuentros dobles, que a la mitad tiende una red a 1.55 metros de altura, para pasar un liviano gallito con una raqueta. Parece simple, pero ese gallito puede alcanzar golpes de 300 kilómetros por hora, en competencia.
  2. Aunque los jugadores sólo usan raquetas y gallitos, llevan grandes maletas a los torneos, pues, por regla, un jugador puede usar en el partido todo lo que lleve en la maleta, así que cargan con muchas raquetas, toallas o hidratantes.

SAROSI.Partido

Laura llegó a la ronda de 16vos de final. Enfrentaba a la alemana Karinne Schnaase. Perdió el primer set por 16-21, pero se recuperó en el siguiente y ganó 21-14. Un set más y el boleto olímpico sería suyo. A inicios del tercer y decisivo episodio, a la alemana Schnaase se le desprendió la suela del tenis y en esa gran maleta no llevó un par de calzado deportivo extra.

El encuentro pudo definirse en ese instante con la victoria a favor de Sárosi y cuando la expectativa era ver a la húngara caminar hacia el juez para pedirle que culminara el partido, Laura fue hasta su mochila, sacó el tenis izquierdo, se lo dio a la alemana y se reanudó el encuentro.

TenisPrestado

Laura perdió el set por 18-21; es decir, fue derrotada por 1-2 de Schnaase. La mirada de Sárosi se nubló y entre lágrimas vislumbraba cómo se alejaba su última oportunidad de llegar a unos Olímpicos.

SarosiDespedida

Pero en agradecimiento, la Federación Alemana de Bádminton emitió una carta a su organismo Internacional y solicitó firmas para que a Laura Sárosi se le otorgara un ‘wild card’; es decir, una invitación, emitida directamente por el Comité Olímpico Internacional, para competir en Río 2016.

“Lo que ella hizo verdaderamente abraza la cultura y el espíritu olímpico, que en las dos últimas décadas ha sido enterrado a causa de la excesiva comercialización”, suscribe la solicitud, que sumó más de 5 mil firmas (aquí el link: https://community.avaaz.org/petitions/free-card-to-rio-2016-for-laura-sarosi )

La petición fue aceptada y Sárosi, con un par extra de zapatillas deportivas, con su espíritu de juego limpio y su solidaridad, estuveron en Río 2016. Laura jugó en el Grupo M ante la canadiense Michelle Li (tres veces Campeona Panamericana) y la india Sindhu Pusarla, quien al final ganó la plata olímpica. La húngara perdió sus dos duelos y no accedió a la siguiente ronda, pero la admiración estaba sobre sus hombros, mucho antes de competir.

Ganar una medalla es hermoso, pero si no eres grande sin ella, no lo serás con ella.

POSDATA MEXICANA

Un episodio muy similar vivió la esgrimista Pilar Roldán antes de combatir en la final de la prueba de florete en los Olímpicos de México 1968. Aunque la mexicana ya se encontraba en la Sala de Armas, lista para combatir en el pool final para definir a las medallistas, su última rival no llegaba al combate.

Aunque parecía inexplicable, el tráfico de la Ciudad de México era el causante de que la entonces soviética Yelena Novikova no apareciera en la pista y aunque por regla se pudo anunciar el triunfo de Pilar por ausencia de su oponente, la mexicana pidió a los jueces esperar hasta que llegara Novikova-Belova.

Al final, Yelena se quedó el oro por diferencia de un solo partido, el partido que le ganó a Pilar Roldán, que se llevó la plata; la húngara Ildikó Redjkö se colgó el bronce.

Sin embargo, años después Roldan sería reconocida por su gesto. En 1995 el Comité Internacional del Juego Limpio le entregó la medalla al Fair Play y fue entonces la primera persona de México condecorada con esta distinción.

Mujer y Deporte, Relatos 'off the record'

La pequeña mamá olímpica

Por @Katilunga

Sus ojitos negros brillaban como obsidianas entre la oscura noche, atentos al primer capítulo de la vida de un sueño en sus primeros destellos de realidad. Estaba en Londres, Inglaterra, lejos de su hogar en Huancayo, Perú, pero cerca de vivir su alegría más intensa.

Era agosto de 2012, era la Inauguración de los Juegos Olímpicos, era la señora Marcelina Pucuhuaranga, parada estoica con su menudo cuerpo en el estadio británico, con sus manos jugando entrelazadas, observando, expectante.

Los performance dirigidos por el productor Dany Boyle habían terminado y Doña Marcelina se puso de pie para ver el desfile de los atletas. Más 200 banderas, más de 10 mil personas, estrellas como Michael Phelps, Usain Bolt o Roger Federer; pero entre tantos, ella alistaba la mirada para grabar en su recuerdo sólo a una, sólo a su hija, sólo a Gladys.

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Gladys Tejeda creció en Huancayo, Perú.

¿Quién pensaría que la más pequeña de sus nueve retoños pasaría de pastorear cabritas, a competir por su país? ¿Que ganaría una medalla en los Panamericanos de Guadalajara 2011? ¿Que la maestra del pueblo correría el maratón de Londres 2012? ¿O que Doña Marcelina viviría junto a ella el éxito olímpico?

Pasaron casi dos horas recordando las preguntas que estuvieron guardadas entre sueños y que esa noche encontrarían respuestas en la realidad.

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Doña Marcelina y uno de sus nueve hijos esperaban el desfile de Perú, en Londres 2012.

Tras el paso de más de 150 contingentes, con una mirada llena de paciencia, percibió que al otro lado del estadio llegaba el lienzo rojiblanco con escudo al centro. ¡Llegó Perú! ¡Llegaron sus 16 atletas! Y con ellos, al fin ¡llegó Gladys!

La señora Marcelina no hablaba pero sin pensarlo, con la fuerza de un imán entre madre e hija, se acercó lo más que le fue posible para verla desfilar. Su mirada brillaba con lágrimas alegres y con un mensaje sin hablar, hasta el corazón de Gladys.

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La señora Marcelina vio a su hija Gladys en el desfile olímpico.

“¡Estoy muy orgullosa hija! ¡Lo lograste! ¡Gracias por hacer tanto con lo poco que te he dado!”.

Gladys Tejeda, en sus primeros Olímpicos, sonreía nerviosa mientras portaba su Bandera y dirigía al contingente peruano en Londres 2012.

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Gladys fue la primera peruana clasificada a Londres 2012.

“Soñábamos con este momento, yo le decía que podía llegar a unos Olímpicos y no se imagina usted lo que costó, lo que es para mí estar aquí con ella y verla logrando su sueño”.

Las lágrimas ahogaron sus palabras y ese nudo en la garganta que causan los sueños realizados cerró el paso de su voz. No pudo decir nada más, pero todo quedó claro.

La señora Marcelina era una de esas casi 10 mil mamás que estuvieron allí cuando nadie más estuvo; apoyando, creyendo, impulsando a sus hijos hasta tocar sus metas.

La Ceremonia de Inauguración fue espectacular, pero ese momento escondido entre 80 mil personas en el Estadio Olímpico se queda como mi mejor recuerdo.

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El maratón femenil de Londres 2012 fue el más rápido de unos olímpicos; 29 corredoras cerraron en menos de 2h30m.

Gladys sabía que el podio olímpico no era para ella, su logro inicial fue clasificar a los Juegos y el 11 de agosto se decidió a disfrutar su competencia. Las maratonistas corrieron en una mañana lluviosa y pese a ella, Gladys marcó el mejor crono de su vida: 2 horas 32.07 minutos, con su mamá de testigo. Hay logros que no pueden calibrarse con medallas.

Un año después, la pequeña Gladys -también de pequeños ojos negros- corría durante una oscura madrugada en las calles de la Ciudad de México. Conforme el sol despertaba, la menuda silueta de Gladys avanzaba entre miles de corredoras y unas horas después, cruzaba la meta con el primer sitio del Maratón de la Ciudad de México; pese a la altitud capitalina, rompió de nuevo su mejor marca personal, con 2 horas 16.56 minutos.

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A los 28 años, Tejeda se convirtió en la priemra peruana que ganó el Maratón CdMx.

Gladys se llevó el triunfo, la medalla y una nueva historia que hiciera brillar los atentos, pequeños y oscuros ojos de su mamá.

NOTA. La firma P&G desarrolló la campaña ‘Gracias mamá’, como reconocimiento a la primera, verdadera y eterna patrocinadora de un competidor, e invitó a mamás de atletas de todo el mundo a acompañar a sus hijos en el momento más importante de su vida deportiva, durante los Juegos de Londres 2012. Además, realizaron promocionales de los deportistas electos para la campaña; he aquí el de Gladys Tejeda: https://www.youtube.com/watch?v=GrQM6bgo2v4

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Algunas mamás de deportistas olímpicos latinoamericanos. La 3a de izquierda a derecha es la señora Marcelina.

Mujer y Deporte, Relatos 'off the record'

Olga Kaniskina y la Torre de Babel.

Hacía calor y, como sucede en toda Corea, un olor a ajo aderezaba las calles de Daegu. Era el 31 de agosto de 2011 y en ese entorno extraño, se abrió ante mis ojos la explicación de un relato bíblico. No tuve una epifanía, ni estaba fumando hierbas.

En esa mañana, durante los Campeonatos Mundiales de Atletismo, las mujeres salieron a las calles coreanas para contender los 20km de marcha. La rusa Olga Kaniskina y sus 26 años de edad, brillaban en el asfalto con tres oros trascendentes: dos mundiales (2009 y 2007) y uno olímpico (2008).

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La rusa, doble Campeona Mundial y Campeona Olímpica, Olga Kaniskina, en competencia, durante Daegu 2011. FOTO: IAAF.

Hermosa y delicada -como la más pequeña en un grupo de bellas matrioskas- Kaniskina se adueñó del liderato desde el inicio y cruzó la meta en primer sitio. Hazaña histórica, nunca antes vista: ¡tres oros mundiales al hilo!

Pero Olga no celebró, no fue a estirar, ni a dar entrevistas, ni a recibir masaje. Permaneció parada, a una orilla de la meta. Allí se abrió ante mí la puerta de un entendimiento más legible que la palabra.

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Kaniskina felicita a su coequipera Anisya Kidryapkin, tras darle a Rusia oro y bronce en 20km de marcha, en Daegu 2011. FOTO: IAAF.

No hablo ruso, ni Olga habla español. No dejé de ver qué pretendía. Un instante después, la feliz Kaniskina abrió sus brazos, sonriente, para felicitar a su coterránea Anisya Kidryapkin por ganar bronce. Creí que entonces se retiraría para tener una necesaria sesión de fisiatría, ¡pero no! Se quedó allí, recibió también a Vera Sokolova, (que fue 11ª) y esperó aún más, hasta la llegada de Tatiana Mineeva, quien fue descalificada. La reina de la macha atlética pasó casi media hora parada en el arco de meta, imperturbable.

Se me olvidaron todos los oros que Olga haya ganado y empezó a brillar su corazón.

Entonces recordé la Torre de Babel. Soberbio edificio de siete pisos y casi 100 metros de alto. Según los hebreos, el tirano Nimbrod mandó construirla, después de El Diluvio (cerca del 1,480 A.C.). La lectura rabínica Midrash, documenta que ésta fue una afrenta a Dios, por ‘relegar a un mundo inferior a los humanos y dejar el mundo superior para Él’. La meta de la Torre, era alcanzarle y enfrentarlo.

La arrogancia humana mereció ‘castigos’ de Dios: la diversidad del lenguaje y el nulo entendimiento. Pero el escarmiento es siempre ambivalente y la represalia abre la puerta a nuevas posibilidades. En este caso: encontrar la claridad de un entendimiento superior al habla; que rebasa odios, envidias y confrontaciones. Descubrir nuevos lenguajes era la oportunidad

Tuve un albor de razonamiento: Dios quizá ‘castigó’ a esa humanidad mesopotámica para desistir de esfuerzos vanos y confusos. Dios no está en el cielo, sino en la propia especie humana y mientras los idiomas nos distancian, en muchos otros lenguajes, el ser humano se conecta. El lenguaje conductual, por ejemplo.

Con Kaniskina confirmé que el amor es el idioma universal; que éste unifica al hombre con Dios y al hombre con el hombre.

Confirmé que en cualquier punto de la Tierra la empatía puede encontrar convergencias que diluyen el idioma, las costumbres, los dioses creados por el hombre, o hasta el pecaminoso pasado de ancestros que en un momento fueron víctimas y en otro verdugos. Podría pasar entre México y España; entre Estados Unidos e Irak …ojalá hasta entre Israel y Palestina.

Pero esa conducta hermosa me llevó a pensamientos dolorosos: ¿Por qué en algo ‘tan trivial’ como el deporte me quedó claro? ¿Por qué en algo tan vital como la coexistencia es difícil de entender? Unos ojos mexicanos encontraron admirable un accionar ruso. No hubo nación, ni lenguaje; sólo humanos admirados por el amor al prójimo.

Propongo dos opciones: encontrar ejemplos, o crearlos.

Mujer y Deporte, OPINIÓN

Zudikey Rodríguez: La reina de los obstáculos

¿Un deportista es admirado por la cantidad de medallas que ha obtenido? ¿Brilla más si gana más oros? Esta historia puede mostrar la falsedad de esas teorías. Lo adelanto: la de Zudikey Rodríguez, es una historia muy triste.

‘Zudi’ era velocista. De niña corría 100m y 200m en la Olimpiada Nacional. Era muy buena, pero como  juvenil, una sorpresa hermosa llegó a su vida: esperaba un bebé. Dejó el atletismo y en un día de marzo de 2006 nació Ethan. Unos años después, el entrenador Cosme Rodríguez, de la Universidad de Chihuahua, la invitó a regresar a las pistas.

En poco tiempo, Zudikey se convirtió en todóloga: mamá, estudiante de la Licenciatura en Nutrición y atleta de alto rendimiento. Cada hora transcurría con cronómetro en mano.

En diciembre de 2007, viajó para visitar a sus papás en Valle de Bravo. En la carretera, un auto chocó contra el suyo y lo sacó del camino. Ethan estaba bien.

En ese accidente, los vidrios de la ventana se incrustaron en la cara de Zudikey y allí permanecen. Me ha dicho que en ocasiones le duelen. Pero esa noche, las astillas cristalinas sobre sus ojos no le preocupaban, lo grave fue un fuerte golpe en su rodilla izquierda. Parecía que los sueños de la temporada olímpica por iniciar no serían para esta atleta.

Tres meses después de rehabilitaciones, en marzo de 2008, corrió 400 metros y clasificó para integrarse al relevo 4x400m que compitió en los Olímpicos de Beijing 2008. Con estudios, maternidad, terapias y esfuerzo.

En 2009 corrió en la Olimpiada Nacional, representaba a Chihuahua. “El deporte ha cambiado mi vida, no haces lo que una persona normal haría, me encanta lo que hago, lo disfruto al máximo, sé que es difícil ser mamá, deportista de alto rendimiento y estudiante, pero también es muy bonito, me siento llena, plena y realizada, mi vida se lleva a base de disciplina, tengo horario para todo y lo que hago es cumplir mi agenda al pie de la letra para organizarme”, eso me dijo después de ganar cuatro oros en esa Olimpiada.

Ese junio de 2009 fue de desolación y dolor. La Olimpiada fue en Hermosillo, Sonora, en el sitio y la fecha del suceso más horrible en la historia de la ciudad: el incendio de la Guardería ABC.

Ese 5 de junio, dos días después de entrevistar a Zudikey, supe que algo terrible pasó en su vida. No fue a ella. Fue peor. Fue a su hijo Ethan: Falleció en un accidente y no hace falta detallarlo. No fue en la guardería. Tampoco hace falta decir lo mucho que hasta hoy le duele esta pérdida; porque para todo hay nombre, menos para perder un hijo.

¿Por qué? No hay explicación. Zudikey ha sido siempre una estrella, un fulgor reluciente en medio de la adversa oscuridad y entonces veía en el firmamento como su luz dorada se apagaban. Así me parecía su dolor. Creí que allí había terminado todo su brillo en una pista.

La más grande lección la dio unos meses después, cuando en el Campeonato Nacional de Atletismo ganó -con récord de evento- los 400m vallas (con 56.10 segundos). El resultado de la suma entre valor y fuerza. En junio de 2010, Ethan cumplía un año de haber partido y Zudikey, en la tercera carrera de su vida en 400m con vallas, ganó oro en el Campeonato Iberoamericano de Atletismo de España, con 56.33 segundos. Esa estrella renacía y brillaba más fuerte.

Llegaron los Juegos Centroamericanos y del Caribe en Mayagüez 2010, Zudi ganó plata en 400m vallas y bronce con el relevo 4x400m. Es obvio valorar el brillo de sus preseas, pero en ninguno de los podios era legible a simple vista la magnitud de sus esfuerzos.

Pero meses después, el Comité Organizador de Mayagüez 2010 dio a conocer que Zudi y otros cuatro mexicanos dieron positivo en uso de sustancias prohibidas. Les retiraron las medallas a todos.

¿Por qué? ¿Por qué había pasado eso? Alguien que ha vivido lo que ella, no busca hacer trampa. No lo habría hecho con dolo. A consejo de su entrenador ingirió un suplemento alimenticio que contenía esa sustancia. Esta vez, la ignorancia le quitaba el brillo del esfuerzo, la arrastraba a las lágrimas y de nuevo a esa pregunta sin respuesta “¿¡por qué!?”.

Entonces sí parecía todo perdido. Zudi fue suspendida un año de las competencias. ¿Cómo reponerse de eso? Únicamente ella tiene las respuestas y lo hizo ver en sus actos. Zudi no se detuvo a reflexionar en preguntas vacías, ni aceptó el papel de víctima que esos episodios de la vida le ofrecían. Quería el personaje estelar, quería ser heroína y ganó el papel en cada día de determinación, entrenamiento y tenaz esfuerzo.

La sanción terminó justo antes de los Panamericanos de Guadalajara 2011. Fue parte del relevo 4x400m. Hacía cuatro años, con tres integrantes de ese equipo (incluida Zudi y Ana Guevara), México ganó plata en una noche lluviosa, sobre el azul tartán del Estadio Joao Havelange, en los Juegos de Río de Janeiro, Brasil. Fue la última presea internacional de Ana Gabriela. Esa tarde de 2011, allí estaban de nuevo varias de esas velocistas, en la justa continental. A la segunda relevista se le cayó la estafeta y por mayor esfuerzo, las chicas terminaron en quinto sitio.

Casi dos años después, en agosto de 2013, Zudikey regresó a la pista atlética; ese espacio impredecible que puede victimizarla o encumbrarla. El capítulo fue en el Campeonato Iberoamericano de Atletismo de Sao Paulo, Brasil, en los 400m vallas: Zudikey ganó oro con 56.63s. “Dude si algún día volvería a correr 56 en las vallas. Hoy no tengo la menor duda que pronto llegara el 55. Soñaba con este momento muchas noches. Ya se hizo realidad en Brasil. Al terminar la carrera apunté al cielo, el más contento es mi niño Ethan, él festeja más que yo este resultado. Lo Amo”, escribió en sus redes sociales.

En 2014 vivió su reencuentro con su cita más adversa: los Juegos Centroamericanos y del Caribe, ahora en Veracruz 2014. Si cuatro años atrás ganó y perdió dos preseas, en esa edición, se preparó para salir a escena y relucir en la adversidad. Zudikey ganó oro, el primer oro que una mujer mexicana ha ganado en los 400m vallas de la justa regional, y como cada vez que cruzó la meta, sonrió y apuntó al cielo, por Ethan, por la añoranza, por el dolor, por el amor y por su fuerza.

Zudi sigue hermosa como siempre ha sido, como son las estrellas y su brillo, con esa luz en los ojos y esa actitud incansable y optimista. Su ejemplo queda grabado en el tartán con una estela dorada, no por su victoria, sino por su valor y la grandeza de un alma llena de amor y gratitud.