Mujer y Deporte, Relatos 'off the record'

Mi vecina Paula

Tomé un traguito de miel con jengibre y limón. Hacía frío. Me serví un poco de té y mientras estudiaba pronunciaciones de nombres extranjeros, acrónimos, estadísticas, logros de atletas y datos relevantes, miré de reojo hacia la izquierda ¡no podía ser cierto! ¡Paula Radcliffe estaba a escasos metros de mí!

¿Qué hacía allí la mujer que fue dueña del Récord Mundial de Maratón, favorita para ganar el oro del 42k en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 y Campeona Mundial en Helsinki 2005? Todas las dudas comenzaron a girar en mi cabeza, hasta que la vi ponerse una diadema con audífonos y micrófono: ¡Paula haría la narración de los Mundiales de Atletismo Sub20 de Lima 24 para el canal de World Athletics en YouTube!

¡Estaba tan emocionada! Por una semana, seríamos vecinas y trabajaríamos en funciones parecidas. Tenía tantas ganas de platicar con ella, pero en el vaivén laboral -y confieso que en mi hay algo de timidez y dificultad para iniciar una conversación con alguien desconocido- creí que sería muy difícil coincidir…hasta que un día, estudiando previo a la sesión vespertina, llegó Paula a la sala y mi estimado Javier Clavelo la saludó con un efusivo: “¡Hey! Nos conocimos en el Mundial de Medio Maratón del 2000” a lo que ella respondió “¡Oh claro, que fue en Veracruz! ¡Lo recuerdo bien!”.

Entonces intervine: “¿Qué tal te sientes en la narración?” Y, como si hubiéramos platicado de toda la vida me dijo: “¡Uy qué difícil es esto! Es la primera vez que lo hago en mi vida y no puedo creer cuántos nombres, pruebas, datos, mucha información por seguir, bueno: ahora tengo la duda de pronunciar el nombre de un atleta que es de Irlanda, mi esposo es de Irlanda y ni él mismo sabe en realidad cómo se dice su apellido”, dijo sonriente. Saber eso me dio un alivio inmenso: no solo yo me sentía así en ocasiones y se lo comenté porque a veces reconforta saber que todos nos enfrentamos a situaciones como esa.

Yo recordaba a Paula porque en el maratón de los Olímpicos de Atenas 2004, era favorita pues el año anterior, en el Maratón de Londres, había roto el Récord Mundial con 2:15.25 horas (y que estuvo vigente por 16 años, hasta la llegada de la tecnología al calzado deportivo), pero en la ruta griega, al 36km, entre lágrimas abandonó la competencia y veía como avanzaba el grupo puntero, sin posibilidades de subir al podio. Entre las críticas del mundo, la británica se preparó por un año hasta ganar el oro del maratón en los Campeonatos Mundiales de Atletismo de Helsinki…y tuve la fortuna de ver su logro en vivo. “No quería parecer una fan enloquecida más por tu carrera, pero verte en Finlandia fue de los momentos más memorables que recuerdo en ese Mundial”, le confesé. “Ay muchas gracias, ¡para mi fue un momento tan importante en mi vida!”.

No le pedí una selfie, tampoco una entrevista, preferí esa plática informal con mi «vecina limeña». Entonces me acordé de mi querida amiga Silvia Correa, que fue a París 2024 para correr el Maratón para Todos y me dijo que Paula estaría allí. “Oye y cambiando de tema: ¿qué te pareció el ‘Marathon por Tous’?”, le dije. “¡Uff! ¡Qué experiencia tan hermosa! Tanta gente con una energía tan bonita…pero la verdad también fue cansado porque primero fue el maratón varonil, luego en la noche la carrera abierta que fue muy bonita, con tanta gente tan entusiasmada de vivir esa atmósfera olímpica; terminamos tardísimo y luego a correr para ver el maratón femenil, fue una locura, casi no dormí nada, pero la verdad me encantó”, me dijo.

Estábamos apresuradas. Iniciaría una sesión vespertina más de Lima24. Nos despedimos rápidamente y nos deseamos éxito. Yo estaba feliz. No tenía una foto que atestiguara nuestro encuentro pero, fue aún mejor: platiqué con la admirada Paula Radcliffe, la vi hacer algo por primera vez en su vida y admitir con tanta franqueza unos nervios que no imaginas en una leyenda del atletismo; a la vez platicar con ternura y asombro al ver a esas nuevas generaciones juveniles que en algunos casos buscan acercarse a escribir una historia tan radiante como la que ella trazó sobre el asfalto. 

Gracias, querido atletismo.

Relatos 'off the record'

Mi querido enemigo

KATY LÓPEZ

El cielo era azul y los árboles de eucalipto se mecían al vaivén del viento de verano, mientras yo respiraba profundo el aroma que deja la tierra mojada, tras una noche de lluvia. En medio de mi onírica escena, se coló una bocanada de cigarro. No evité el gesto repulsivo que arruinó mi momento y fui aún más lejos: busqué en la trayectoria de aquel humo al culpable de mi regreso a la realidad y allí estaba él: con su gorra azul, su pantalón casual, que hacía juego con una chamarra color caqui, un rostro pálido, lleno de arrugas y esos pequeños ojos café que apuntaban con desdén a la pista de atletismo.

Olvidé aquel profundo aliento, hice una mueca y esperé el comentario de ese frecuente “enemigo mío”: el profesor de Polonia, Andrzej Piotrowski, entonces entrenador de velocistas como el medallista mundial Alejandro Cárdenas, Mayra González, Óscar Juanz o Israel Benítez. Todos trabajaban hasta después del mediodía en la pista de atletismo del Centro Deportivo Olímpico Mexicano.

Yo tenía 19 años, no existían las redes sociales y los teléfonos móviles no tenían cámara fotográfica, mucho menos internet. Debutaba como reportera de Deporte Amateur en el Diario Deportivo Récord; una fuente que, hoy penosamente confieso, no era de mi agrado: no le entendía nada, no conocía a ningún competidor, ningún deporte, ninguna regla. Yo, que sólo quería escribir de NBA, ahora estaba reporteando un montón de deportes olímpicos de los que no tenía ni la más atómica noción.

Pero para iniciar en Récord había una condición: en los primeros seis meses de trabajo te tenías que ganar tu nombre; es decir: si salías a hacer una entrevista o investigación, la información que escribieras no diría “Katya López”, por ejemplo sino “Redacción Récord”, mi nombre aparecería hasta que mi calidad periodística estuviera confirmada, así que el camino era muy largo aún.

A pesar de mi anonimato, el profesor Piotrowski a diario leía el periódico y, por pequeñas que fueran, leía las notas de Deporte Amateur firmadas por un “Redacción Récord” del que conocía la cara. Así que también a diario tenía algún reclamo guardado entre el humo del cigarro para mí. “¿Por qué escribió “100 metros con vallas varoniles” si los hombres corren 110”. “¡No se dice lanzamiento de bala, es impulso de bala! ¡Ah estas guentes!”, decía sin siquiera verme, y devolvía un cigarro delgadísimo a su boca.

Esa tarde soleada y calurosa, fui de nuevo a esa cita no escrita, por un regaño más, un refunfuño, algún desaire, pero el profesor no decía nada, ni siquiera veía el moreno rostro de una pobre adolescente que apenas aprendía a juntar sujeto y predicado. Entonces me pareció que esa tarde el profesor Piotrowski estaba más iracundo que cualquier otra ocasión. Sentí pavor y el cielo azul, el sol radiante y las flores silvestres creciendo en el campo parecían expectantes a la hecatombe.

Él estaba sentado en una escalinata, frente a la meta de los 100 metros y entonces salieron de su boca seis palabras:

– ¿Es usted idiota, o qué es? Me dejó absorta en una marabunta de contradicciones: noté que el profesor Piotrowski me respetaba lo suficiente para hablarme de “usted” pero no tanto como para contenerse de insultarme. Lo dijo con un tono suficientemente fuerte como para que sus atletas tomaran sus cosas y se alejaran del tsunami que se avecinaba.

– ¿¡Por qué me dice eso, profesor!?

– ¿Si se da cuenta que hoy escribió que Alejandro Cárdenas se recupera de una “fascitis frontal”?

– ¡Pues sí, eso me dijo él, que tenía eso! ¿Yo cómo voy a saber?

– ¿Ah sí? ¡No me diga! ¿Dónde la tiene? ¿En la frente? ¿En el pene?

– ¡Pues no sé profesor, no soy doctora!

El profesor hizo algo que en casi un año de conocerle yo nunca había visto: se levantó de su silla, su pálida piel se tornó roja y caminó hacia mi irreverente, petrificado, ignorante y aterrorizado ser.

“¿Pero cómo es posible que diga usted semejante estupidez’? ¿Boh, qué espera? ¿Que vengamos todos a resolverle aquí su trabajo? Usted “no es doctora” ¡ES REPORTERA! Y tiene que saber y si no sabe ¡aprenda! ¡Y si no aprendió, pregunte! ¡SE LLAMA FASCITIS PLANTAR! ¿Alguna vez alguien aquí le ha negado una entrevista? ¿Alguien le ha dicho que no puede atenderle? Acaba el entrenamiento y todos aquí le dan el tiempo que sea para sus entrevistas, aunque tengan que ir a comer o a descansar ¿y usted qué hace con el tiempo de las guentes? ¿Escribir idiotez?

“¿Las guentes que compran su periódico en la calle no saben quién es usted ¡PERO AQUÍ SÍ SABEMOS! Sabemos quién escribe tonterías, que no sabe de qué habla, que no le importa saber y lo peor: ¡Que no le importa ni su nombre! Y si no le importa su nombre ¿¡boh qué dedicamos tiempo a usted que no le importa nada!?

“¿No le importa que sepamos que es usted una idiota? Si usted es periodista ¿qué no sabe qué vale su nombre? ¿Nadie le ha dicho que cuando llegue a hacer entrevista van a decir “ah si, la que dice lanzamiento de bala”, “la de la fascitis frontal”? ¡Irresponsable!”.


Creo que me quedé con la boca abierta y los ojos desorbitados. No sé cómo permanecí callada tanto tiempo, no sé cómo contuve el llanto. Salí de la pista. Me temblaban las piernas, me latía muy fuerte el corazón. Me fui hacia el periódico y en el trayecto, pensé cada palabra a detalle.

Estaba terriblemente avergonzada. Nunca me sentí tan humillada como esa radiante tarde de verano. La mayor humillación era aceptar tan tarde que todo ese tiempo había actuado exactamente como una idiota y que arrastraba mi nombre al precario concepto de alguien profundamente estúpido e inconsciente de serlo.

Al otro día regresé a la pista y estaba de nuevo el profesor con su cigarro. Otra vez me temblaban las piernas y con todo el miedo de causar un nuevo enojo, inhalé profundo, lo miré y tras verme de reojo con soberbia, él me dio la mano derecha, pero no con la palma extendida, sino con el dedo pulgar y el dedo índice juntos, como si entre ambos detuviera una copa de vino. Emulé el movimiento y chocamos los dedos, en una especie de “brindis por la paz”.

Me senté junto a él y sin decir ni “hola”, ni “buenos días”, sin siquiera pedirle que me diera clases, comencé las preguntas:

– Oiga Profesor ¿cuánto mide la pista de atletismo?

– Son 400 metros, y se hacen las carreras desde 100m hasta 10,000m, más las tres que son con obstáculos: 100m vallas para mujeres, 110 vallas para hombres y 3,000m con obstáculos y los dos relevos: 100m y 400m”.

– Ahhh. ¿Y él qué está haciendo?

– Salto con garrocha. Hay dos saltos verticales: garrocha y altura, dos horizontales: longitud y triple.

– Creí que atletismo solo era correr.

Boh, también hay lanzamiento: martillo, disco y jabalina, pero bala se impulsa, no se lanza.

– Ahhh.

Así comenzaron mis tutorial es de algo que en ninguna escuela me habían enseñado jamás. El profesor Piotrowski abrió una puerta a un mundo asombroso que yo no había entendido. Un mundo que se volvió radiante y legible. En un lenguaje universal: el del esfuerzo del espíritu manifestado en el cuerpo.

El profesor Piotrowski pasó de ser el hombre enojón que arruinaba mis respiros, a mi maestro y mi amigo…quizá el amigo más honesto que llegaba a mi vida en mis inicios en este oficio; porque sin duda muchos podrían leer que yo escribía con una profunda ignorancia, pero sólo para él fue importante hacérmelo saber.

Gracias a él comprendí cada disciplina atlética y perdí el miedo de preguntar una y otra ocasión si no entendía “por que más vale parecer tonto una vez que serlo toda la vida”, me decía el profesor Piotrowski.

Pocos años después, entre mi asombro, hice el primer viaje al extranjero de mi vida laboral: los Campeonatos Mundiales de Atletismo de Helsinki, Finlandia –otra curiosa historia, por cierto–. Los viví como ir a Disneylandia: comprendí cada esfuerzo, cada derrota, cada llanto de victoria, cada evento y sus detalles.

¡Estaba tan asombrada! Cuando regresé, busqué al profesor ¡y le contaba tantas cosas al mismo tiempo!

“¡Profesor! ¿¡Qué cree!? Yelena Isinbáyeva usa aretes de delfines y mire me dio su correo electrónico ¡ella me lo escribió aquí! No invente profe, ¡Bekele corre increíble, su última vuelta del 10,000m en 54 segundooooos! ¿Y qué cree? Que el que ganó los 3,000m con obstáculos se llamaba Saif Shaheen, era de Qatar pero nació en Kenia y los kenianos lo veían feo porque le pagaron un millón de dólares por naturalizarse, más Kemboi. Jefferson Pérez se cayó en la meta porque traía calambres y aún así ganó los 20k de marcha. Ana Guevara, la máxima medallista mundial del atletismo mexicano, ¡profe la vi ganar su bronce! ¿Y sabe qué? Allá meten al campo unos cochecitos rojos que van por las jabalinas y los discos ¡y los regresan a las jaulas! ¿Y si sabía que ese estadio se usó en los Olímpicos del 52 y en la entrada está una escultura de ¡Paavo Nurmi!? Me tomé una foto con Nurmi, bueno con la estatua. ¡Y mire! Le traje un libro de estadísticas, pesa un montón pero usted si lo va a saber usar…”.

Creo que el profesor se estaba mareando de tanto escucharme. Creo que se dio cuenta de que había creado un monstruo. Pero también creo que estaba muy feliz de ver que aquel regaño hizo florecer tantas cosas tan buenas en mi vida.

Aquel hombre que hacía años no paró en insultos y gritos, acompañados siempre de un respetuoso “usted”, aquel que era “mi querido enemigo» se convirtió en una de las personas que más aprecio. Desde entonces puedo platicar con él en su idioma: el deporte, el alto rendimiento, el olimpismo, la historia, el esfuerzo.

Ese doloroso regaño me hizo ver lo mucho que me estimaba y, en especial, algo que demuestra su psicología de buen entrenador: el profesor Piotrowski no solapará ni el más mínimo dejo de mediocridad de nadie; va a exigir, de las maneras que sea necesario, dar el máximo y cuando se logre la meta, no aplaudirá. “Para eso habíamos trabajado ¿Ya lo lograste? Boh, viene un reto más grande entonces”, sería una de las frases que diría el Profe Piotrowski.

Porque un coach te enseña que lo excelente no llega por azar, que la excelencia se trabaja y se cosecha, que la vida no merece menos que tu máximo esfuerzo para que al final del día ni el más ínfimo rastro de indiferencia nuble lo mejor de ti.

Gracias por tanto, mi querido enemigo.

Relatos 'off the record'

El hombre de la sonrisa eterna

KATYA LÓPEZ

Sus ojos se reducían a dos breves y radiantes líneas, rodeadas de pequeñas arrugas que se plisaban a razón de una amplia sonrisa, honesta y contagiosa. Allí estaba él: con sus 1.64 metros de estatura, con sus brazos delgados y fuertes como sus piernas, con el brillo intenso de su alegría, aún mayor que el radiante reflejo de sus cuatro oros mundiales, sus dos oros olímpicos, sus victorias históricas y sus récords mundiales en el Maratón de Berlín. Aún más grande que todo ello, allí estaba él: Haile Gebrselassie, el hombre de la sonrisa eterna.


HC3CDMX8.jpg
HONOR. Gebrselassie llegó como embajador del MaratónCDMX.

“Yo antes corría para vivir”, dijo ante Las Puertas del Infierno del escultor Agust Rodin, en el Museo Soumaya de la Ciudad de México, ante más de 200 personas que con sus celulares grababan cada palabra, tomaban cada foto y lo veían a través de la pantalla del móvil. Haile llegó como embajador del MaratónCDMX a platicar, entrenar y compartir su vida en las carreras.

“Sí, antes corría para vivir, porque correr me daba la oportunidad de competir, de ganar carreras, de ganar premios, de llevar dinero a casa, de tener patrocinios…antes corría para vivir, pero hoy corro para no morir ¡En serio! Ahora corro por mantener mi cuerpo saludable; cada día que no salgo a correr es un día que le hago un daño a mi cuerpo y quiero invitarlos a disfrutar esta forma de vivir corriendo”, agregó con una voz tan sueva como un murmullo, como si nos compartiera el secreto de su felicidad.

Allí estaba él, entre autógrafos, entrevistas, aplausos, flashes, reflectores y selfies. Nada le quitaba la auténtica y paciente sonrisa y entonces, concedió su tiempo a algunos privilegiados para sentarnos frente a frente y platicar con él.


HG1996


Esperé mi turno, mientras me hacía muchas preguntas: ¿Cómo un niño de cinco años corría 10 kilómetros para llegar a la escuela? ¿Cómo le robaba la radio a su padre y huía al campo para escuchar las finales olímpicas de Moscú 80 y el triunfo de su inspiración, Mirus Yifter? ¿Cómo su padre por eso les golpeaba a él y a sus nueve hermanos, hasta tres veces al día? ¿Cómo es que su padre creyó en él hasta que fue Campeón Mundial de 10,000m (Stuttgart 1993)? No por el oro sobre su pecho, sino por el auto que le regalaron por la victoria, el primer coche que tuvo la familia. ¿Cómo platica de todo ello mientras sonríe? Y cómo, la única vez que el mundo vio lágrimas en su rostro, fue porque lloró de alegría cuando ganó su primer oro olímpico en los 10,000m de Atlanta ‘96. ¿Cómo, de trabajar en los campos, se convirtió en un prominente hombre de negocios, con hoteles y agencias de automóviles en Etiopía?

Allí esperaba, silente, emocionada, reflexiva. Llegó el momento de hablar con el hombre que rompió 27 récords mundiales, desde 1,500m hasta el maratón. Allí estaba él, sonriente. Me saludó, nos presentamos e inició una charla tan inusual como asombrosa; una clase de historia contada por un histórico:

-Es increíble lo lejanos que están nuestros países y lo mucho que estamos vinculados, ¿No cree señor Gebrselassie?

¡Sí, es impresionante! Puedes llamarme Haile, si quieres. En Etiopía le tenemos un cariño muy especial a México y tenemos tanta gratitud con este país, que hasta tenemos una Plaza México en nuestra capital, Addis Abeba.

¿En verdad? ¡No lo sabía!

Ha

Sí. Fue porque a mediados de los 30, Benito Mussolini invadió Etiopía, que era de los pocos países libres de África, entonces casi todos eran colonias europeas y aunque el entonces Emperador de Etiopía, Haile Selassie, acudió a la Sociedad de Naciones Unidas a acusarlo, nadie lo apoyó, nadie dijo nada, nadie excepto ¿quién crees?

¿¡Quién!?

Nadie, excepto ¡MÉXICO! México fue el único país del mundo que públicamente condenó la ocupación en Etiopía y por eso, cuando Etiopía fue libre, en agradecimiento, el Emperador Halie Selassie mandó a construir la Plaza México.

– ¡No sabía que tuviéramos una plaza allá! ¿Pero sabe qué?

– ¿Qué?

Allá por los 40, cuando Etiopía fue libre, el Emperador Selassie vino a México a agradecernos el gesto de solidaridad y aquí en la Ciudad de México inauguró la Plaza Etiopía. La ciudad creció, se modernizó, se construyeron las líneas del metro y justo bajo la Plaza Etiopía se instaló la estación que hoy lleva ese nombre: ETIOPÍA; en los andenes está la placa del día en que el Emperador estuvo con nosotros.

¿Ves? ¡Yo no sabía eso tampoco! Hoy yo te conté algo nuevo y tú me cuentas algo nuevo a mí. Lejos, pero nos apreciamos México y Etiopía. Si a eso le agregamos que hace cincuenta años aquí en México un etíope, Mamo Wolde, ganó el maratón de los Juegos Olímpicos, pues con más razón México nos trae buenos recuerdos.

Y qué mejor que recuerdos de correr.

Nada mejor que correr, que apoyarnos y apreciarnos.

Hablamos de correr, de consejos para entrenar, de la calidad de vida que merece nuestro cuerpo y al final, nos despedimos en un abrazo cariñoso.

Llegué a la cita reflexiva y nerviosa, pero salí llena de energía, sonriendo.

Al día siguiente, Heile Gebrselassie compartió un entrenamiento en el Bosque de Chapultepec con algunos de los participantes en el Maratón de la CDMX, casi impreceptible, de no ser porque el mundo se rinde a su nobleza y su alegría.


HC2CDMX8

Relatos 'off the record'

CARLOS

CarlosLopez3

Katy López

La primavera de 2011 daba sus más radiantes pulsos cuando Carlos llevó toda su ilusión y su esfuerzo a Colombia para entrenar con la Selección Nacional de Ciclismo de Ruta. Se preparaba para competir en los Juegos Panamericanos de Guadalajara, Jalisco y aunque toda su disciplina y dedicación estaban en los entrenamientos, su corazón se quedó en México, con su pequeño hijo Cali.

Cali era un niño cuando le dijeron a sus padres que no llegaría a adulto; que, a causa de un asintomático, silencioso y letal tumor cerebral, Carlitos tendría una muerte encefálica; que en cualquier momento podría irse y así pasó: mientras Carlos entrenaba, allá tan lejos, Carlitos dio su último aliento el 4 de mayo de aquel año. Carlos suspendió todo, regresó a México y junto con su esposa Blanca, honraron los ocho años compartidos con su primogénito.

“Para mí es un honor tener un hijo tan bondadoso. Como mamá de un gran héroe, me siento feliz porque estuvo conmigo ocho añitos que fueron de enseñanza. Mi hijo, después de su partida, ha dado vida a más personas…perdón si hablo en presente, pero para mí, mi hijo no murió, está y estará conmigo hasta el fin de mis días”, comparte Blanca, quien junto con Carlos decidió donar los órganos de su hijo.

“Nos hace falta ser más conscientes con nuestros semejantes y fomentar la cultura de donación de órganos, somos egoístas y no pensamos que tenemos hijos y quizá en un momento necesitaremos de un héroe anónimo como mi Cali”, agrega ella, quien con su esposo se convirtieron en donadores voluntarios también.

Carlos estaba abatido entre el dolor y la añoranza. En su cabeza sólo giraba la frase que sus hijos Cali y el más pequeño, Erick Alexander, le gritaban en cada competencia: “¡Vamos papá tu puedes! ¡Eres nuestro héroe!”. Eso lo cambió todo. Carlos se preparó a conciencia y prometió a sus dos pequeños que unos meses después ganaría una medalla de los Juegos Panamericanos de Guadalajara 2011.

Llegó octubre y con él, la competencia. Carlos llegó a la meta en Zapopan, Jalisco con el rostro lleno de sudor y llanto: aunque paró el reloj en 3:41.59 horas y fue el mejor mexicano, no alcanzó a cumplir la promesa y culminó en 7º sitio y a nadie en ese circuito le dolió más el resultado que al ciclista.

La vida de Carlos siguió rodando en bicicletas, entre carreteras conquistadas en su natal Tzomantepec, Tlaxcala, entre pedaleos que vieron ocasos y amaneceres, entre esfuerzos que tocaron la brisa fresca y el olor a flores recién nacidas en verano, o el vuelo seco de la hojarasca en el otoño.

Carlos era un adolescente cuando dejó la escuela para ayudar en los ingresos de una familia de 11 integrantes cuando un día vio en su pueblo el trazo competitivo de una vuelta ciclista y allí encontró el camino de su destino. Dedicó su vida al ciclismo. Compitió en vueltas por distintos países, se convirtió en un mentor de nuevos talentos y planeaba su retiro en 2019, pero esa última meta no la cumplió.

El 15 de diciembre de 2018, Carlos López González salió a rodar entre otro de muchos atardeceres otoñales que persiguió en su bicicleta, cuando fue arrollado en la carretera federal Apizaco-Huamantla, muy cerca del puente de Cocotla y falleció al instante por el severo traumatismo craneoencefálico que provocó el accidente.

No fue un tráiler, no fue una persona en estado de ebriedad, fue Adolfo Escobar Jardines, ex edil de Tlaxcala, quien manejaba una camioneta a exceso de velocidad, en compañía de su familia y así se llevó la vida de un ciclista, un padre, un esposo, un hermano, un ejemplo.

El 17 de enero de 2019, Carlos habría cumplido 38 años de edad y a Blanca, entre sollozos, sólo le resta un aliento para decir:

“De la manera más cruel me arrebataron a mi compañero de vida. Quisiera que no fuera cierto, pero los días pasan y él no regresa…ahora mis dos Carlitos están juntos”.

A una semana de su partida, el domingo 23 de diciembre, en Santa Ana Chiautempan, su natal Tlaxcala, realizaron un Paseo Ciclista Pacífico, en un llamado a la conciencia por el cuidado de los ciclistas, en memoria de Carlos López y en honor a todas las veces que rodo por ese asfalto, entre ocasos, amaneceres, sonrisas y sueños.

 

 

Mujer y Deporte, Relatos 'off the record'

Luz olímpica

Si no existiera la noche, no descubriríamos el potente destello de las estrellas. Así es la adversidad, que en sus fases más oscuras nos ayuda a encontrar la luz. En una de esas etapas, yo diría que encontré mi ‘Luz Olímpica’.

En noviembre de 2018, Luz Mercedes Acosta recibió la medalla olímpica que por derecho le correspondía desde los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Aunque no subió al podio en la sede británica, el Comité Olímpico Internacional anunció años después que tras descubrir los dopajes de: la kazaja Maiya Meneza (oro), la rusa Svetlana Tsarukaeva (plata) y la turca Simsek Sibel (4ª), la mexicana Luz Mercedes era la verdadera ganadora del bronce

Justo en esos Olímpicos ella hizo por mi algo que merecía una medalla de diamantes y como no puedo entregársela, lo mejor que puedo hacer es compartir esta historia…

Estaba en Londres 2012, mis primeros Juegos que fueron un tanto ‘X-tream’: tenía más de dos meses sin recibir pago, no tenía dinero, y al llegar a Inglaterra no tenía donde vivir… pero, el 23 de julio, en mi primer día de trabajo, fui al ExCeL Complex y encontré en entrenamiento a Joselino Montes y Luz Mercedes Acosta, los dos, de levantamiento de pesas.

Mientras practicaban, pensé en lo que pasaron para clasificar a los Juegos: Lino era el primer hombre mexicano, en 28 años, que competiría en unos Olímpicos y Luz Mercedes ¡uff! Yo no conocí antes de ella a nadie que peleara su plaza olímpica hasta las últimas instancias administrativas, institucionales y hasta jurídicas, sólo ella. La Federación Mexicana de Levantamiento de Pesas no quería llevarla, pero de acuerdo a sus propios criterios de selección –escritos meses antes de los Juegos – a ella le correspondía la plaza. Luz Mercedes no desistió hasta vivir sus segundos Olímpicos (fue 8ª en Beijing 2008) y allí estaba, en sus últimas practicas en Inglaterra.

Terminaron de entrenar. Se acercaron para que los entrevistáramos y al final, Luz Mercedes me saludó contenta, yo también lo estaba…no sé, ahora creo que ella notó algo en mí. Me preguntó qué pasaba y brevemente le conté mi austera y enredada historia. Se afligió pero -como buena sonorense- no tardó en sonreírle a mi desgracia, que vi en su rostro como si fuera suya.

Más en invitación que en los formalismos del trabajo me dijo: “¿¡vas a venir a mi competencia!?”. (Aquí quiero hacer un paréntesis: cuando un atleta te hace esa pregunta, es una distinción muy especial, quiere decir que quiere compartir contigo esa experiencia, quiere que, al final del momento para el que se preparó por años -o quizá toda su vida-, puedas estar a su lado).

A eso había ido yo a Londres: a ver a los atletas de México competir. Así que, sin titubeos, respondí: «¡Claro que sí Luz!”. Así quedamos.

Seguí mis días de cobertura y como fui invitada, a las 10:00 am del 31 de julio de 2012, estaba en el ExCel Complex de nuevo, para ver la competencia femenil del Grupo A en -63kg. de halterofilia; es decir, a Luz Mercedes, que hizo 99 kilos de arranque, 125 de envión, para un total de 224kg: sexto sitio para la mexicana.

Fui a la zona mixta para entrevistarla. Terminó el protocolo laboral y Luz Mercedes me dijo: “¡Espérame aquí! ¡No te me vayas!” Y así hice. Pasaron menos de 10 minutos y Luz no regresaba, pero entonces llegó la Doctora Mónica, quien formó parte del equipo multidisciplinario de Luz Mercedes; la Doctora me dijo: «Luz ya no pudo venir contigo porque le pidieron hacer prueba anti dopaje, pero vengo de su parte. Abre tu mochila» y sacó una bolsa llena de alimentos: cereales, frutos secos, jugos, sándwiches, panqués, barras energéticas, agua… Era demasiado y yo, bueno, casi lloraba. “¡Doctora, por favor dígale que muchas gracias!”, dije y la abracé muy fuerte. Después le escribí a Luz Mercedes y ella contestó: “No me digas nada, no puedo hacer tanto como quisiera, pero si en esto puedo ayudarte…además tú harías lo mismo”, me dijo. No había duda de que sí.

Toda esa semana pensé: ¿Cómo podía ella pensar en mí, teniendo encima la presión administrativa por su participación en Londres 2012? En el evento para el que se preparó por cuatro años, Luz se acordó de mí y pensó en cómo aminorar mis dificultades.

Además, los pesistas no pueden comer casi nada el día de su competencia, pues en ocasiones el peso corporal puede ser el criterio de desempate.

Con todo y eso, con todo y tener que cargar kilos de comida en pleno ayuno, antes de salir de la Villa Olímpica, Luz sacó del comedor tantos alimentos como pudo para entregármelos y ¿qué hice yo? Bueno claro que le agradecí y consumí parte de esa bendición, pero si algo aprendí de mi jefe y editor en Récord, Gustavo Borges, fue que la mejor forma de agradecer las bendiciones no era regresarlas a quien las entrega, sino compartirlas con quienes las necesitan.

Así hice con lo que Luz me entregó. Le invité a compañeros que tal vez no estaban en una situación como la mía -por que la verdad: no cualquiera es un homeless en el Reino Unido-, pero que por los andares olímpicos no tenían tiempo de salir a comer. Disfruté ver como la ayuda de Luz Mercedes se multiplicó para muchos más.

Yo no sé qué le habrá demostrado al público, los jueces y sus rivales en el escenario de competencia, pero para mí, Luz se llevó una medalla de diamantes azules, en humanidad y empatía.

Siempre le agradeceré mucho a Luz su solidaridad, su atención y el brillo de su nombre en su actitud.

Prácticamente al 6º aniversario de esta historia, en noviembre de 2018, la vida le permitió cosechar algunas de las hermosas bendiciones que han florecido tras la siembra de su bondad y escribió su nombre en el muro de los medallistas olímpicos de México.

Relatos 'off the record'

El dije de la protesta

Una noche del verano de 2018 caía en la Ciudad Universitaria de la UNAM, cuando entre los caminos que conducen a sus aulas caminaba John Carlos; 50 años atrás, en ‘territorio puma’ brilló en el con el bronce olímpico de los 200m, pero el resplandor de su éxito deportivo fue solo el pretexto para pararse en el podio y desde las alturas de la victoria el denunciar lo injusto que era la discriminación racial.

De padres cubanos, Carlos nació en Harlem, Nueva York el 5 de junio de 1945 y antes de la medalla olímpica en México 68, fue Campeón Panamericano de 200m en Winnipeg 1967, pero el deporte nunca más volvió a escuchar su nombre y su silueta no brilló nunca más en el movimiento olímpico.

Pero entre aquel ocaso del verano de 2018, John caminaba por el Centro Cultural Universitario de la UNAM y recordaba cómo cinco décadas antes el mundo era tan distinto pero a la vez muchos prejuicios seguían arraigados y la lucha por eliminarlos debía continuar. Llegó a la Sala ‘Carlos Chávez’ donde muchos protagonistas y testigos presenciales de México 68 compartían lo que el corazón, la memoria y la reflexión les permite atesorar de aquellos 15 intensos días de otoño.

John Carlos compartía sus más profundos recuerdos. Usaba una gorra negra y de su cuello pendía un dije que resumía el momento más intenso de su vida: aquellos momentos en el podio de los Juegos Olímpicos, cuando levantó con el puño enfundado en guante negro en señal de protesta contra la desigualdad racial.

Esa misma seña era su dije: un puño con cada dedo del color de un aro olímpico, en cuya base se trazó la silueta de su figura a cuerpo completo.

“Se me ocurrió a mí el diseño y lo mandé hacer en el Suroeste de Estados Unidos”, compartió orgulloso. “Es único. Aquí lo dice todo. Quería usar los aros olímpicos, pero me dijeron que tal vez no podría hacerlo, por eso fue mejor poner el puño”.

La joya es el pequeño recuerdo del gran momento que cimbró la historia y que sumió su vida entre los más intensos contrastes.

“Primero nos respetaban mucho, en México muchos nos aplaudieron, pero después algunos yanquis nos acusaban de alborotadores. Al regresar a Estados Unidos, la gente que me apreciaba, a la vez trataba de evitarme, tenían miedo de represalias, de padecer lo mismo que nosotros de ser señalados, juzgados y hasta bloqueados por la sociedad”, agregó el hombre hoy de 74 años de edad.

Pese al brillo olímpico, pese a levantar la mano para denunciar las desigualdades sociales, políticas, económicas, académicas o médicas que padecía la comunidad afroamericana, Carlos fue vetado y separado del deporte.

“La tristeza más grande de mi vida fue que mi esposa se quitó la vida. No pudo superar estas condiciones fue terrible. Si no hubiera tenido fe en mí mismo y en Dios no sé qué habría sido de mi”, confesó Carlos, quien visitó la UNAM y desde la Sala Carlos Chavez habló a las nuevas generaciones:

Al no poder continuar su desarrollo deportivo, ni tener el reconocimiento social que merece todo medallista olímpico, ni encontrar trabajo vinculado a su amado atletismo, encontró la forma de subsistir lavando autos, también fue obrero, pero perdió todo.

“La tristeza más grande de mi vida fue que mi esposa se quitó la vida. No pudo superar estas condiciones fue terrible. Si no hubiera tenido fe en mí mismo y en Dios no sé qué habría sido de mi”, confesó en la charla ante estudiantes y les dijo:

“Comprométanse con su sociedad. Pónganse al frente del cambio. No esperen a tener 60 años para pensar en hacer algo. Yo entonces tenía 22 y no estaba dispuesto a quedarme callado. Es difícil, es muy difícil, las consecuencias son muy duras; quizá ustedes no verán los resultados, pero sus hijos sí los vivirán”.

John Carlos. Medallista olímpico y luchador social

Hace 50 años en el Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria, Carlos ganó bronce en 200m, al lado de su compatriota Tommie Smith (oro) y el australiano Peter Norman (plata). Todos se manifestaron allí: los estadounidenses con el puño negro y Norman con un parche a favor de los Derechos Humanos en el deporte olímpico. Todos fueron vetados de por vida del deporte, pero ninguno se arrepintió.

“No se trata de luchar por los derechos de un sólo grupo. Cuando se falta y se dañan los derechos de unos, queda probado que no se respetan ningunos”

John Carlos. Ex velocista estadounidense

Ni el medio siglo que ha hecho estragos en el color de su cabello o en la textura de su piel ha cambiado su carácter indomable, inquebrantable y valiente; el espíritu de un joven que porta sobre el pecho un dije más pequeño y más valioso que su medalla olímpica.

Relatos 'off the record'

¡Celebremos la vida!

@Katilunga

Lucía Zamora y Beto García Aspe

En 36 horas bajo los escombros del edificio Álvaro Obregón 286 y la oscuridad de sus ruinas, Lucía Zamora batallaba con pensamientos recurrentes “¿Y si no nos encuentran?”, “¿Y si no salimos?”, se decía, hasta que eligió dominar las ideas y motivar su supervivencia. “Cuando salga, voy a abrazar muy fuerte a mi hermana”, “cuando salga, voy a deshacerme de esta ropa” y así regreso a su recuerdo un antiguo deseo: “cuando salga, voy por fin a conocer a Beto García Aspe”. Sí. Hizo de cada pensamiento una realidad, hasta hilvanar con todas ellas el inicio de una nueva vida.

Lucía llega puntual, 14:45 horas, al Restaurante Lucca, en el Pedregal de la CdMx. Domina las ansias por saber qué pasa, pero su sonrisa curiosa -esa con la que salió de las ruinas del colapsado inmueble- la delata. Mientras platica y toma un poco de limonada, una mano toca su hombro: sí, es Alberto García Aspe, el mismo que de pequeña la motivó a amar el futbol.

Se abrazan alegres, se presentan y entonces, Lucy le comparte cómo inició su pasión por el deporte. “Mi papá y yo veíamos juntos los partidos. Yo le quería ir a un equipo que no fuera el América, porque mi papá le iba a ese y lo divertido era ser rivales. Mi papá no vive ya, pero me da una nostalgia muy padre ver el futbol porque hace que conecte con las cosas que hacía con él cuando era niña”, comparte, mientras él pone toda su atención.

Así inicia un breve viaje en el tiempo:

–          Hubo una Final buenísima del Necaxa, que en la ida tú hiciste un golazo desde fuera del área y en la vuelta perdieron contra Santos ¿no? – recuerda emocionada.

–          Sí, fue la Final de Invierno del ’96, íbamos por el Tricampeonato.

–          Pues en la vuelta, estábamos en un restaurante y yo quería ver el partido, lo pusieron en la tele y ¡fue tremendo! Primero triste por los dos goles del Santos, luego feliz con el de Peláez y el de Luis, pero perdimos y toda la mesa acabó riéndose de mí. Yo lloraba y lloraba y ellos en la burla.- confiesa entre risas.

–          Esa etapa del Necaxa fue muy padre, siempre te has de haber burlado de tu papá porque le ganamos tres veces al América en esa época. De la final contra Santos, fue por un gol de cabeza de Borguetti que hizo en fuera de lugar y nos ganaron 4-3.

–          ¡Sí! Fue muy injusto, lo recuerdo muy bien ¡por eso lloraba yo tanto!

En la confianza de la plática, Lucy confesó que su filia por el balompié era más que un pasatiempo de domingo. “Entonces apilaban los periódicos en la cochera y me escondía para sacar la sección de deportes y buscaba las notas del Necaxa, recortaba todas y desde entonces las guardo. Mi tristeza fue cuando te fuiste al América y ¡no sabía qué hacer en la vida! Entonces mi papá me dijo ‘¿ya le vas a ir al América?’ y le contesté ‘¡pues si!’- se ríe- me dijeron villamelón, que no le era fiel a un equipo…y luego si lloré con el Necaxa, ¡imagínate con la Selección!”.

Lucy recuerda que, pese a burlas y colecciones secretas, se juró que un día conocería a García Aspe y le compartiría la colección de recortes, revistas y fotografías con los momentos de su vida futbolística.

Beto la escucha y sonríe al recordar. Lucía también le comparte el trajín de las 36 horas que esperó por ser salvada y entonces pasa de admiradora, a admirada. Él queda asombrado. “Fue un momento muy fuerte para todos, pero en tu caso, más, por concentrarte en salir adelante y ser paciente”.

“¡Sí! Para mí controlar mi mente era fundamental, creo mucho en el poder de la mente y de las palabras, si yo decía ‘no voy a salir’, así sería, pero me di cuenta de algo: no tenía nada ¡ninguna herida! Pensé ‘¡estoy sana y voy a salir de aquí!’ y así fue: salí caminando. Fueron horas de renacimiento y ahora estoy aprendiendo las lecciones de todo”.

Ambos compartieron una tarde de sorpresas, de experiencias y del recuerdo de hazañas mutuas. El mejor regalo cumplir un sueño, dar una sorpresa, crear una nueva amistad y celebrar la vida.

Relatos 'off the record'

#HappyBoltDay

KATY LÓPEZ

@katilunga

En 2005, un chico espigado corría en la pista cuando algo interrumpió su paso: una lesión. Me dio tristeza. El más joven en la Final Mundial de Helsinki, Finlandia en los 200m y candidato al podio, veía alejarse al resto de los velocistas…pero no se detuvo y cruzó la meta más de seis segundos después del ganador.

Lo vi llegar desilusionado y harto de vivir la misma historia que el año anterior en los Olímpicos de Atenas 2004; una lesión tras otra, en momentos cúspide de su carrera. Algo cambió en él y en 2007 ganó su primera medalla mundial: plata en 200m y al año siguiente, tres oros olímpicos en Beijing 2008*. Un buen amigo que estuvo en el palco principal, me contó cómo a Jacques Rogge -entonces presidente del Comité Olímpico Internacional- le molestó que ese chico bailara en su victoria, cómo rompía la 4ª pared con tal autenticidad para usar esa cámara que lo grababa e interactuar con las 80 mil personas que lo veían en el estadio, más los millones que lo seguían en transmisiones.

“No se burla de nadie. Sólo es un niño….¡y es caribeño! Ese fue un acto de alegría y no de una malinterpretada soberbia”, le comentaron al dirigente.

En ese momento nació una nueva manera de ver a los deportistas: cada atleta adquirió una postura personal, ya no eran estoicas piezas en acciones biomecánicas, sino chicos divertidos, que bailaban, que se emocionaban y que sabían llorar, gritar, aplaudir y jugar. La emoción y la personalidad de los atletas está más cerca desde entonces.

Volví a encontrar a aquel chico que corrió rengueando en Helsinki 2005. Era Berlín, Alemania, era el año 2009 y él era un ser distinto al atleta molesto que se lesionaba. Ahora era el centro de atención y sabía capitalizar los reflectores: corrió la final de los 100m y rompió el récord mundial con 9.85 segundos…y si el cansancio no era suficiente, además, descalzo hizo un baile para festejar.

Hubo un sinnúmero de estudios biomecánicos de su carrera de 100m, de los cuales aún tengo uno que descifra distintas cantidades: de pasos, extensión de zancada, aceleración máxima, resistencia a la velocidad. Un esfuerzo humano descrito en números…pero yo me quedé con su logro mental: superar las barreras de las lesiones y romper dos récords del mundo.

Un día después fui a la pista de calentamiento para entrevistar a los atletas mexicanos que estaban por competir. Grababa un video y algún inoportuno puso su mano en mi toma «¡heeeey!», dije sin quitar la vista de la pantalla y algo molesta, pero cuando levanté la vista, vi que era él, que era una de las bromas de Usain Bolt y que un poco apenado y a la vez risueño regresó, me pidió mi teléfono y nos tomó esta foto:

Días después, ganó oro, también con nuevo récord mundial, en los 200m: 19.19s.

El 21 de agosto de 2009, en el Estadio Olímpico de Berlín, durante la ceremonia de entrega de medallas de 200m, pasó lo inimaginable: 75 mil personas cantaron ‘Happy Birthday!’ y todo era para él, que cumplía 23 años, para él que sólo en momentos como esos se convertía en un hombre profundamente conmovido, un hombre de sonrisas nerviosas, incluso parecía introvertido.

Ese mismo año visitó la Ciudad de México y dio una charla en el llamado ‘Congreso Mundial del Deporte’ (del que no han finiquitado el pago por su asistencia, por cierto), sólo unas horas y fue suficiente para enloquecer a la gente.

Pero en 2011 lo vi enloquecer a él, por la rabia de sus actos, en Daegu, Corea del Sur. Las lesiones fueron decepcionantes capítulos de su carrera, pero esa vez un error fue lo frustrante, lo que le impidió ganar: Usain hizo una salida en falso con la que él mismo provocó su descalificación en la Final de 100m; el Estadio se sumió en un profundo “¡¡¡¡Ooohhh!!!!” y ese grito, como una bomba atómica, destruyó la expectante espera por verlo dominar el hectómetro, con él en el epicentro, como si un hoyo negro absorbiera millones de decepciones.

Pero esa frustración, ese coraje y esa desesperación contra sí mismo, contra sus errores y el aprendizaje de ellos, le hizo tomar la responsabilidad de los siguientes retos y de entre lo doloroso y negativo encontró esa motivación que le hizo ganar dos oros mundiales: en los 200m y con el relevo 4x100m.

El aprendizaje, su felicidad, su certidumbre y su esfuerzo hicieron más radiante su brillo. En Londres 2012 sin lesiones, sin errores y sin miedos, rompió un record olímpico y ganó tres oros…otra vez. En Moscú 2013 recuperó lo que había perdido en los Mundiales anteriores y tenía sus tres coronas en 100m, 200m y el relevo 4x100m de regreso.

Su historia siguió como la que nadie nunca había escrito: de nuevo oros mundiales en 2015 en Beijing, China y ese mismo año regresó a la Ciudad de México para abrir una tienda oficial de la marca que le patrocina. Hasta jugó una cascarita de futbol, pero lo más curioso fue verlo sufrir al subir cuatro pisos en las escaleras del Centro Comercial Liverpool, cuyo elevador estaba bloqueado. Aquí les comparto esa historia. Fue la última vez que lo encontré en persona.

Después de volver a ganar tres oros olímpicos en Río de Janeiro, Brasil, en 2016, anunció que su retiro sería en los Campeonatos Mundiales de Atletismo de Londres, Inglaterra, en 2017, en una nostálgica aceptación del ocaso.

Así avanzó la temporada del adiós, hasta que llegó el agosto de 2017.

El 5 de agosto, día en que se conmemoraban cinco años de que ganó aquel glorioso oro con récord de evento en los Juegos Olímpicos de 2012, Usain regresó a ese mismo tartán en Londres, Inglaterra, a la final de 100m en los Campeonatos Mundiales de Atletismo. Bolt no rompió el récord mundial, tampoco ganó oro: se quedó la presea de bronce, agradecido y melancólico por tantos años de brillo, mientras el nuevo monarca, el estadounidense Justin Gatlin se postró a los pies de la leyenda, que vivía el ocaso de sus días sobre la pista.

Usain se fue de los Mundiales de Atletismo, tal como llegó: con una lesión en los últimos metros, en el relevo 4x100m.

Parecía triste verlo acabar así, pero tirado en el tartán, llegaron todos los relevistas de Jamaica: Nesta Carter, Michael Frater y Yohan Blake, no solo para apoyarlo, en especial para acompañarlo y agradecerle por años y años de esfuerzo, alegrías, asombro, orgullo y en especial, de mucha valentía.

Usain siempre supo que lo acosarían los fantasmas de las lesiones, de los errores y del miedo; pero después de las dificultades de 2004, 2005 y 2011, eligió enfrentar cada competencia con lo máximo que pudo, sin dejar ni el 1 por ciento de su esfuerzo a la deriva, sin dudar por el momento en que le acechara un desgarre o un calambre, sin cuestionarse, sin victimizarse, sin pretextos, ni culpables; totalmente entregado a cumplir lo que él deseaba. Muy por encima de los miedos, se entregó sin límites a su deseo: convertirse en leyenda.

Si me he de llevar un momento de ese chico revolucionario de las pistas, es aquella noche del 21 de agosto en Berlín, Alemania, con miles de voces cantándole y festejando su cumpleaños y aquí un video de ese recuerdo.


  • En 2017 le retiraron el oro del relevo 4x100m por doping del velocista Nesta Carter.
Mujer y Deporte, Relatos 'off the record'

¡GRACIAS, VANE!

AdiosVane1
Río 2007. Vanessa Zambotti se convierte en la primera mexicana con un oro Panamericano en judo.

Una férula sostenía su brazo recién dislocado, cuando me dijo: “Voy a clasificar a los Olímpicos de Atenas 2004”. Si ni la férula, el dolor, los tendones lesionados, los músculos desgarrados, no detuvieron esa idea, mucho menos lo harían mis palabras. Sólo la miré a los ojos y en ellos encontré una convicción férrea. Faltaban 11 meses para cumplir la meta y desde entonces su proceso acaparó mi atención: al cumplir el plazo, Vanessa Zambotti estaba en el tatami olímpico, en los Juegos griegos.

Desde entonces se ganó mi respeto. Vanessa no sólo fue a unos, sino a cuatro ediciones de Juegos Olímpicos: Atenas 2004, Beijing 2008, Londres 2012 y Río 2016. Durante los años que buscó sus clasificaciones olímpicas cosechó en el camino más de 20 medallas continentales, más de diez medallas centrocaribeñas, medallas en Copas del Mundo y medallas en Grand Slams. Brilló como nunca lo ha hecho ningún mexicano en judo. Brilló como nadie.

Pero ni un podio se compara al brillo de Vanessa. Al brillo de su SER. Vanessa rompió todos los esquemas que yo conocía del deportista de alto rendimiento. Con Vanessa conocí a una mujer decidida a llevar más allá de los límites su cuerpo; de llevarlo hasta donde su mente deseaba y a la vez, su mente fue guiada por el camino que trazó su espíritu. El lugar donde se sentía libre, su cielo en la tierra, fue el tatami.

Hubo capítulos que aunque parecieran un sueño, merecían ser reales y Vanessa supo que pasaría por muchas pesadillas para encumbrarse en ellos. Allí descubrí su valentía: al decidirse a enfrentar todos los círculos del infierno, por un minuto en el cielo y durante ese proceso, ser transparente: anunciar sus absolutos deseos; su alegría rebelde y desbocada en la victoria; su profunda tristeza en la derrota y en ella, su responsabilidad: siempre dio la cara aún en llanto, siempre asumió el compromiso de cada pérdida y siempre agradeció a quienes colaboraron en sus triunfos.

En ese proceso, conocí a una Vanessa con la fortaleza de mostrar toda su honesta vulnerabilidad. Abierta a llorar, a reír, a brincar de gusto en el tatami, pero también a honrar a sus rivales, a ser agradecida incluso ante las experiencias injustas. Verla combatir era como ir a la escuela, ir a aprender a SER.

Vanessa ya nos había sorprendido al cumplir su palabra. Cuatro años después de escuchar su primera convicción, me dijo “Yo voy por la de oro”. Tenía toda mi credibilidad y por eso no dudé en asistir a sus combates. Era 22 de julio de 2007 y estábamos en Río de Janeiro, Brasil. Vanessa le ganó a la canadiense, medallista continental, Olia Berger, después a la cubana, dos veces Campeona Panamericana y multimedallista en Copas del Mundo, Ibis Dueñas y en la final a la ecuatoriana Carmen Chalá. ¡Vanessa era la primera mujer mexicana, Campeona Panamericana de judo!

Cuando marcaron su victoria, Vanessa brincó de gusto, corrió por el tatami se llevó las manos a la cara y lloró, eufórica. Era inevitable sonreír. Su alegría era tan contagiosa, que recuerdo muchos rostros llorando…incluso los brasileños, porque la felicidad no tiene bandera y el festejo de una victoria tan emotiva no requiere hablar el mismo idioma.

Vanessa tomó vuelo y saltó hasta los brazos de su entrenador: el brasileño Amadeu Moura. El hombre estaba tan feliz de crear a la mejor judoca de América y consagrarla en su propia tierra, que no le importó recibir tan de repente a Vanessa. Era una locura y en esa locura, al verla a punto de subir al podio, recordé todo: nació ochomesina; de pequeña ganó medallas en impulso de bala y en ajedrez; para llegar a la Selección Nacional salió de su Parral, Chihuahua y llegó con sólo 20 pesos a la Ciudad de México y en 2003, cuatro años atrás y justo en unos Juegos Panamericanos, salió en ambulancia con el brazo dislocado, cuatro años después de salir llorando lesionada, lloraba de alegría como Campeona Continental. Sonreí y lloré en silencio.

Vanessa subió al podio y entonábamos el Himno Nacional. Mientras se izaba la Bandera Mexicana, me limpiaba las lágrimas y vi los pies descalzos de todas las competidoras, todas, excepto Vanessa, que subió al podio en pantuflas. No pude evitar las carcajadas. Así que yo sonreía, lloraba y me carcajeaba, todo a la vez; es parte de lo que te hace vivir Vanessa Zambotti.

Así es Vanessa, ¡eso provoca! Quien tenga la grandiosa dicha de conocerla, sabe que uno puede naufragar en su mar de emociones. Inesperada, intensa, original, elocuente, irreverente, honesta, alegre, reflexiva, ocurrente y siempre SIEMPRE REAL, SIEMPRE VANESSA.

Cuatro años después, con los Juegos Panamericanos de Guadalajara 2011, en casa, Vanessa se colgó el bronce, pero en la edición de Toronto 2015, llegó a la final, que iba empatada a un shido para cada rival, pero en los últimos segundos marcaron otra amonestación para ella y se quedó la medalla de plata, con esa plata, inició el adiós, el ocaso a su carrera deportiva, en el alto rendimiento.

Al iniciar su despedida del tatami, me dijo:

“El judo es algo que nunca voy a dejar; tal vez deje de competir, tal vez deje el alto rendimiento, pero nunca dejaré de ser judoka. El judo es una forma de vivir tu vida, sus preceptos te enseñan a llevar una vida honrada, una vida en la que te sientes útil y en la que disfrutas de cómo vives tu vida”

Querida Vane: el judo nunca dejaría ir a alguien como tú.

Relatos 'off the record'

Chente: The Ugly

@Katilunga

 

A veces el periodismo se torna en matices surrealistas. La imaginación no alcanza a vislumbrar en qué, en dónde o cómo terminará una cobertura y aquí tengo un buen ejemplo:

 

Viernes 24 de febrero de 2017. Viajaba a San Miguel de Allende, Guanajuato, para cubrir un torneo de golf en el que estaría Lorena Ochoa. La competencia era con causa social y la inscripción de los jugadores se recaudó en apoyo a personas con problemas neurológicos. Lorena no jugaría, pero era la invitada especial.

 

Mi intención, claro, era entrevistar a Lorena, pero al llegar ¡alguien ya había ganado la exclusiva!: Lorena, como siempre serena y agradable, estaba sentada frente a la cámara y platicaba con su entrevistador: el ex presidente Vicente Fox.

 

Lorena me dijo que sí me daría la entrevista, pero antes haríamos un recorrido. Era una tarde soleada y calurosa. Subimos a los carritos de golf y fuimos a cada uno de los 18 hoyos: Lorena y Fox saludaron a los jugadores, agradecieron por ayudar a la causa, se tomaron fotos con los participantes y en algunos casos, Lorena presumió su swing. “¡Los caddies, que no nos falten los caddies!”, gritaba Vicente antes de las selfies.

 

“Ahorita van a probar unas gorditas que son una locura, están deliciosas”, decía Vicente, mientras yo, en uno de mis muchos monólogos, me decía: “¿En qué momento pensé estar en un carrito de estos, hablando de fritangas con un ex Presidente y una de las más grandes jugadoras de golf de la historia? ¿¡Cómo llegué aquí!??”. Si no era suficiente realismo mágico, llegamos a saludar al Cónsul de Japón en Guanajuato, quien también jugaba, lleno de tecnología, como un GPS portátil, sonriente, amable y solemne, como buen japonés.

 

Al terminar el recorrido, después de hablar con Lorena, el señor Fox Quesada accedió a una entrevista. Él ha tomado el estandarte anti Trump para dirigir una divertida, cínica y aguerrida campaña contra el nuevo presidente republicano de Estados Unidos. “¿Por qué ha elegido este camino?”, le dije.

 

“Porque tengo que salir en defensa de mis queridos paisanos en Estados Unidos, son mis héroes, los admiro y respeto, son mi ejemplo: yo nací y crecí con ellos en la comunidad de San Cristóbal; mis amigos están allá: recogiendo manzanas en Washington, recogiendo verduras en California, participando como enfermeras, en la industria de la construcción…Estados Unidos no puede vivir sin nuestra gente allá; ellos se colapsan en cuanto estos maravillosos mexicanos dejen de trabajar para aquella economía”.

 

Fox Quesada, de 74 años de edad, apoya al centro de rehabilitación CRISMA y con la ‘Copa de Golf Embajadores’ recauda fondos para apoyar la rehabilitación de 200 niños.

 

Alterno a esto, ha mandado continuos mensajes al gobierno de Donald Trump y a su propuesta de levantar un muro entre las fronteras de EUA y México; en el extranjero son tales las reacciones, que el Gobierno Canadiense pidió al Mexicano hablar con Fox para bajar la intensidad de su discurso, vertido en opiniones vitales; la más recientes es un stand up que grabó para el canal de youtube SuperDeluxe, con un mensaje directo y sarcástico hacia el mandatario estadounidense, porque Fox, como me dijo entonces, eligió un papel en esta película:

 

“Ahora si como la película maravillosa de ‘El Bueno, El Malo y El Feo’, alguien tiene que hacer el papel de El Bueno, eso lo está haciendo el Gobierno Mexicano, actuando con firmeza, poniendo las cosas en claro, haciéndoles ver que no pueden tener seguridad en su país, si no es con el apoyo de México; El Malo debía ser el Congreso Mexicano, porque hay diputados, senadores por favor ¡PÓNGANSE LAS PILAAAS! Hay que salirle al toro, hay que representar a México con dignidad, hay que hablar de nuestra soberanía, hay que darle calambres a este tipo, no se vale que nos sometan. México está esperando del Congreso Mexicano, enfrente esta situación con esa fortaleza que ellos deben representar.

 

“Finalmente queda El Feo, tu servidor. He elegido el papel de El Feo porque yo soy el que le tiene que decir sus verdades, el que tiene que decirle sus groserías, el que tiene que hacerle señas -dice mientras levanta la mano derecha y erige el dedo medio a la cámara-, el que tiene que derrotarlo y no dudo que lo estamos logrando. Yo creo que ya estamos amansando a esa fiera, a esa bestia, yo creo que México es mucho más grande que él y que el México, ahora unido, no hay quien nos detenga, porque contra Trump, hasta donde tope”, me dijo Chente, El feo.

 

Quizá por los siguientes cuatro años haga este papel, decidido con su irreverencia, su sarcasmo, sus botas y sus enchiladas; mientras tanto, mi mundo y mi oficio seguirán girando entre divertidos surrealismos.